domingo, 13 de noviembre de 2011

Un viaje cambió un destino (I) - Relato por entregas

Aquella noche dormí poco y mal. No me apetecía en absoluto el viaje que me habían propuesto para el día siguiente, como ya había sucedido en otras ocasiones.

El destino, esta vez, era a las cuevas del Águila, en la provincia de Ávila. Mis compañeros de viaje eran gente del pueblo, gente que no tenían ni idea de mi situación.

Vivían su vida aprisa y, sin detenerse a pensar que yo estoy situada en un mundo sin luz y, sonido y, creo que lo más justo es que considerando mi situación fueran más sensibles ante mis necesidades especiales, Yo soy una persona sordociega, con un mínimo resto auditivo.

A las 8 de la mañana nos reunimos en la entrada del pueblo para esperar el autocar. Todos parecían alegres; yo permanecía callada, cogida del brazo de mi madre, que charlaba con una vecina sin fijarse en si yo podía captar o no la conversación. Algunas personas empezaron a jugar conmigo a las adivinanzas, dándome sus manos o cogiéndome por detrás para que averiguase sus nombres, acto que siempre he deplorado.

Por fin a las 8,30 llegó el autobús. ¡Menos mal! Al subir noté que era un coche viejo y destartalado, con el tapiz de los asientos agujereado por el uso.


--¿Es el conductor tan viejo como el coche? pregunté a mamá. --No, es un chico joven y muy guapo - escribió ella en la palma de mi mano.

Éste sistema de comunicación se llama dactilológico. Yo lo enseñé a aquéllos familiares y amigos que quisieron aprenderlo, y mamá lo usa en situaciones en las que no conviene que el tema a tratar trascienda a terceros, o bien, para hablarme en los lugares donde hay ruido y no la entiendo.

Mientras los demás cantaban o charlaban, mis pensamientos volaron hacia lugares y tiempos lejanos; vino a mi mente el día en que, por primera vez, me internaron en el colegio de niñas ciegas de Valencia.

Lo regían monjas franciscanas. Nunca me había separado de mi familia, por lo que aquel día fue un mar de lágrimas para todos.

Recordaba especialmente a sor María, aquella monja alta, gruesa, a quien todas queríamos mucho. Era la cocinera, y a veces, en un descuido suyo, algunas de nosotras robábamos inocentemente unas galletas, que después engullíamos a toda prisa en algún escondite. Ella nunca se enfadaba.

Aquél colegio dejaría en mí una huella imborrable, que marcaría mi vida para siempre.

Hubo una epidemia gripal, y ante el temor al contagio, las monjas nos administraron unos fuertes antibióticos, que secaron mi nervio auditivo paulatina e irreversiblemente

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