miércoles, 2 de noviembre de 2011

Sobre las "adivinanzas" :

Es muy curioso que “se juegue a las adivinanzas” con personas que no vemos ni oímos. Pero sobretodo en los pueblos rurales, y en personas mayores, se da este hecho frecuentemente. A mí al principio me parecía una broma de muy mal gusto que varias personas –y siempre o casi siempre de la misma familia- fueran desfilando de una en una dándome la mano, tocándome una oreja, la barbilla, y formulando una pregunta, que muchas veces la hacían imitando otra voz que no fuera la suya: ¿me conoces? Si yo respondo que sí, me vuelven a decir: ¿quién soy? “Fulano” –le digo yo-, y en ocasiones, fulano me niega su identidad, haciendo voces extrañas. Si sigo en mis trece diciendo que sí es fulano, suelen decirme que cómo lo sé, sin ver ni oír.

Una persona sordociega ha de responder tal cual, sin ambajes, y hemos de decir exactamente la forma por la que conocemos a alguien: ”por tu olor corporal”, “porque siempre me haces el mismo saludo”, “porque te conozco por las manos, la figura, lo que sea”. Obviamente no podemos decir que conocemos a alguien porque lo hemos visto, si somos ciegos totales, o porque lo hemos oído si oímos poquísimo o nada, eso nos deja en ridículo ante el que se presenta.

Pero volviendo al tema del juego de adivinanzas, ciertamente no tiene razón de ser. Si la gente lo hace por diversión, es muy poca la que nos produce a nosotros, ya que en esos momentos lo que hacen es ponernos muy tensos. Si lo hacen por ingenuidad, una vez se puede admitir, y hasta reírse luego de la adivinación, pero se da el caso de que si la primera vez gusta, se vuelve a repetir. Es mucho mejor para todos presentarse con nuestra propia identidad, acabamos antes y todos nos sentimos mucho mejor.

Una persona que convive frecuentemente con un sordociego, sea en un centro de educación, residencia etc., debe presentarse siempre y cada vez que se dirige a nosotros. Imaginemos que tenemos dos profesores llamados Juan. Si me dicen: soy Juan, nunca sabré qué Juan es, a no ser que tenga unas características por las que yo reconozca su identidad: la colonia que usa, que uno esté grueso y otro delgado, que sean más bajos o más altos.... Para evitar confusiones los sordociegos que conocen la lengua de signos usan signos identificativos, igual que cada persona tenemos un nombre propio y pronunciable, los sordos y sordociegos tenemos un segundo nombre o signo que se hace con las manos. El mío por ejemplo es el signo de la risa, que hago con los dos índices extendidos recorriendo en paralelo mis labios.

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