miércoles, 9 de noviembre de 2011

LA NIÑA DE LOS SUEÑOS

Mi abuelita era como esas hadas de los cuentos pero sin varitas mágicas, ella tenía el prodigio en sus manos, su voz  y sus  ojos.

Cuando venía de la cocina  con su andar  ligero un rico olor a café y tortilla me hacía seguirla como si estuviera bajo su influencia.

 Ella me sonreía  y su mano me dirigía hacia esos manjares  que devoraba  como si supiera que tiempo después ella se iría dejándome  ese vacío que nunca pude llenar.

Cuando mis  manos  recorrían los surcos de su rostro mientras me leía  una historia de santos o de personajes fantásticos, parecía que su voz también tenía arruguitas por donde  se quebraba el sonido de las palabras.

A veces cuando mi padre se enfadaba con migo, ella  desarrugaba la voz para reprenderle y aquel hombre fuerte  acostumbrado a luchar contra la adversidad
de la montaña, parecía un niño regañado.

Yo  quería acompañarlo al bosque pero no me dejaba, entonces me metía en la cama  llorando hasta que lo seguía con el pensamiento.

Juntos llegábamos hasta el río y tomábamos agüita fresca, luego  él, cortaba flores y me las daba a oler;  éramos libres como el viento en la montaña, así me quedaba dormida hasta que  la voz dulce de la abuela  anunciaba su regreso por el camino de las ovejas donde no me quería  adentrar porque  el contacto de su lana no me gustaba y tampoco hoy  lo soporto.

Recuerdo que  un día, me dijeron que tenía que irme lejos  a una escuela para niñas ciegas   como yo, mi abuelita  me besaba pero sus palabras dulces  tenían un sabor salado que salía de sus ojos y  como a ella, también  mi padre  por primera vez adquirió esa voz  rugosa que quiebra las palabras.

Pasaron los años  y  un día, desperté en el colegio de monjas donde la voz de la abuela  se filtró suave, lenta, no escuché sus pasos ni sentí el aroma del café y las tortillas, pero era ella quien me  daba un beso  de despedida.

No, no fue el viento que  acarició mi mejilla, tampoco su ulular el que  engañó a mis sentidos, era  abuelita  por eso cuando algunas  horas más tarde llegaron de mi casa  para llevarme, no fueron necesarias las palabras ella había partido y vino a despedirse.

Ahora mientras me tomo este café con tortilla, escucho la vieja voz de mi padre  gruñendo y sonrío al pensar que si  despierta   mi abuelita, tendrá que callar y volver  a su tiempo de infancia como  a veces hago yo  mientras duermo.            

Autor: María Jesús Cañamares.

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