miércoles, 13 de diciembre de 2023

REGALANDO KILOS DE AMOR

En un rincón de la ciudad, oculto entre calles

estrechas y adoquinadas, se ubicaba un hogar de acogida para niños que habían experimentado las espinas más afiladas de la vida. El lugar era un remanso de esperanza, donde los pequeños corazones rotos encontraban la oportunidad de sanar y crecer. Varias cuidadoras atendían a los niños con dedicación, pero entre ellas destacaba Ana, cuya bondad y empatía eran tan vastas como el horizonte.

Ana poseía una mirada llena de comprensión y ternura. Desde el primer día que llegó al hogar, se dio cuenta de que los pequeños necesitaban algo más que cuidados básicos. Habían vivido historias que ni siquiera los adultos deberían enfrentar, y en sus ojos se veía la tristeza que habían conocido desde tan temprana edad.

Aunque todas las cuidadoras jugaban con los niños, Ana sintió en su corazón que debía hacer algo especial. Decidió emprender la misión de darles el amor que tanto anhelaban. Sus días se convirtieron en una danza de abrazos cálidos, risas contagiosas y palabras dulces. Compartía cuentos por la noche, escuchaba sus miedos en la oscuridad y secaba lágrimas con la suavidad de una brisa primaveral. Ana sentía y quería a estos seres indefensos como si fueran hijos propios, y el instinto maternal iba cobrando una fuerza inusitada que la llenaba de

felicidad.

Los niños comenzaron a notar la diferencia. Los días que pasaban con Ana eran como un bálsamo para sus almas heridas. Su amor era como un faro de luz en medio de la tormenta. Los pequeños empezaron a sonreír más, a confiar en el mundo que los rodeaba y a creer en la posibilidad de un futuro mejor. Cuando alguno de ellos la llamaba mamá, no podía evitar que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Los niños le preguntaban por qué lloraba y ella les respondía que era un llanto de felicidad por estar con ellos.

Pero la joven no se detuvo ahí. Sabía que el amor no era algo que se pudiera medir en pequeñas porciones. Por eso ella regalaba kilos de amor a diario. Se comprometió con cada uno de los niños de manera única. Conocía los nombres de todos ellos, sus sueños y pesadillas. Escuchaba sus historias con atención y les daba su tiempo sin reservas. Cada día era una oportunidad para sembrar amor y cosechar sonrisas.

Con el tiempo, el hogar de acogida iba transformándose. Los niños, antes retraídos y temerosos, comenzaron a brillar con una luz interior que nadie podía extinguir. Los pasillos resonaban con risas y juegos, como un recordatorio constante de que el amor tenía el poder de sanar incluso las heridas más profundas. Casi todas las travesuras de aquellos inquietos habitantes eran perdonadas por sus guardianes, aunque no se perdían de vista las normas del Centro. Todos sabían imponer el respeto y aceptarlo. Los lazos que se formaron entre Ana y los niños eran más fuertes que cualquier adversidad.

La comunidad también notó el cambio. Los chavales que una vez se habían sentido marginados y solos, ahora eran parte activa de la sociedad. Participaban en eventos locales, compartían sus talentos y llevaban consigo la valiosa lección de que el amor y la solidaridad pueden cambiar vidas.

 El hogar de acogida se convirtió en un testimonio vivo de cómo una sola persona, con un corazón lleno de amor, podía marcar diferencias en el mundo.

Con el paso de los años, los niños crecieron y se enfrentaron a nuevos retos. Pero llevaban consigo el regalo inestimable que Ana les había dado: la certeza de que merecían respeto y felicidad. Cada uno de ellos era un faro de luz en su propio camino, extendiendo el amor y la bondad que habían recibido a otros que también necesitaban sanar.

La historia de Ana y los niños de aquel hogar se convirtió en un cuento de esperanza que contaban de generación en generación.. Y en el corazón de aquel rincón de la ciudad, esa casa seguía siendo un lugar donde los corazones rotos encontraban cariño, donde las almas heridas hallaban refugio y donde las sonrisas florecían como plantas en primavera.

Los años pasaron, pero el legado de Ana solo se sentía realizada cuando pisaba en el hogar de acogida. La historia de su dedicación fue un ejemplo a seguir para todas las cuidadoras que llegaron después.

 Aunque Ana tuvo que retirarse al llegar la edad de

jubilación, y ya no estaba físicamente presente, su espíritu seguía vivo en cada rincón del lugar, en cada risa y cada abrazo.

El hogar de acogida era un espacio de transformación constante, donde niños de todas las edades encontraban un refugio seguro. Cada cuidadora, inspirada por la historia de Ana, emulaba su actitud amorosa y su disposición a brindar cariño en cantidades infinitas. La casa se llenó de canciones alegres, juegos interminables y noches de cuentos que desafiaban las pesadillas con finales felices.

 Uno de los pequeños que llegó al hogar años después de la partida de Ana fue Martín, tímido y reservado, que llevaba consigo las cicatrices invisibles de un

pasado doloroso. Martín no hablaba mucho al principio y su mirada revelaba una mezcla de desconfianza y necesidad de protección. Las profesionales sabían que necesitaba un amor especial, como el que Ana había regalado.

Isabela, una de las más antiguas y apasionadas, decidió asumir la responsabilidad de guiar a este chico en su proceso de sanación. Recordaba la historia de Ana con admiración y estaba decidida a repartir, como ella, su amor incondicional. Día tras día, Isabela compartía su tiempo y su corazón con Martín. Le leía cuentos, escuchaba sus inquietudes y lo alentaba en cada pequeño paso hacia adelante.

A medida que los días se convertían en semanas y las semanas en meses, Martín comenzó a abrirse lentamente. Las barreras que había construido para protegerse se iban desmoronando, revelando al niño curioso que había estado escondido. Isabela continuó brindándole apoyo y amor, y el niño floreció como una planta que finalmente encontró la luz del sol.

El día que sonrió por primera vez, el hogar de acogida se inundó de una alegría indescriptible. Era una sonrisa sincera, radiante, un regalo que Martín había guardado durante mucho tiempo y que finalmente decidió compartir con el mundo. Esa sonrisa fue una chispa de esperanza para todos los niños que aún afrontaban sus propias batallas internas.

 Martín era un ejemplo de transformación para todos. Motivado por el amor que recibió, quiso estudiar psicología para ayudar a otros niños que habían experimentado situaciones difíciles. Así, Se convirtió en un defensor apasionado de la importancia del amor y el apoyo en la vida de los jóvenes, llevando consigo el legado de Ana e Isabela.

Aquel rinconcito escondido, continuó siendo un faro de luz y sanación, recibiendo a niños de todas partes que necesitaban una segunda oportunidad. Las cuidadoras, siguiendo el ejemplo de sus dos compañeras, compartían tiempo y amor sin reservas, sabiendo que cada pequeño gesto podía marcar una diferencia profunda en la vida de un niño.

María Jesús Cañamares Muñoz



miércoles, 6 de diciembre de 2023

¡OÍDOS AL RESCATE!

En el ajetreado pueblo de Sonoville, rodeado de
colinas verdes y campos florecientes, nacieron, se criaron y se divirtieron un grupo de amigos muy peculiares.
Se hacían llamar "Los Sordicornios". No, no eran unicornios sordos, ¡sino hipoacúsicos con gran sentido del humor y una chispa inigualable! Tenían dificultades para escuchar. Pero en lugar de dejar que esto los limitara, habían encontrado formas ingeniosas de disfrutar la vida al máximo y compartir proyectos e ilusiones. Se ayudaban de audífonos o implantes cocleares que les permitían también estudiar o interactuar con el mundo de los oyentes aunque no exentos de dificultades.

Cada uno de ellos poseía dotes especiales para la comedia y una risa contagiosa que alegraba los corazones de todos los habitantes del pueblo. Aunque su audición era limitada en comparación con la mayoría de las personas, los hipoacúsicos habían

desarrollado una sensibilidad increíble para captar las sutilezas del mundo que les rodeaba. Podían sentir el latido de la tierra bajo sus pies, la melodía del viento entre las hojas de los árboles y la sinfonía de las olas rompiendo en la playa. No necesitaban escuchar las palabras para entender las emociones; podían percibir el amor en un abrazo, la tristeza en una mirada y la alegría en una risa.

A veces, algún ignorante les gastaba bromas inoportunas, y, lejos de enfadarse cuando les llamaban malpensados, ellos devolvían la broma con mucha más gracia y picardía, diciéndoles: “NO hay más sordo, que el que no quiere oír”.

En el centro de todas sus travesuras se encontraba Lola, la líder del grupo. De cabellos dorados como el sol, con la sonrisa siempre a flor de labios.

Era hiperactiva, con una creatividad desbordante, aficionada a las bromas sin límites y a inventar aparatos o técnicas que pudiesen ayudarles en su vida cotidiana. Junto a ella estaban Carlos, un chaval de rostro amable, pelo rubio y grandes ojos de mirada
penetrante. Era experto en imitaciones, que podía
recrear cualquier sonido con precisión asombrosa; Marta, avezada en lip-reading, que entendía lo que decían las personas incluso cuando no se daban cuenta de que eran observadas; Marta era la típica niña mimada y llorona que a veces los sacaba de sus casillas porque de repente, sin razón alguna, abandonaba el lugar de reunión dejándolos sin su dulce compañía. 

Todos pensaban que Marta estaba locamente enamorada de Pablo, pero era un amor platónico y sin posibilidades de nada, pues él suspiraba por Lola, algo que también se evidenciaba entre todos. Y por último, Pablo, el “chico bien”, de porte elegante y mente muy despejada. El genio de las señas que podía contar historias enteras y divertidas usando únicamente sus manos. Entre todos había una gran empatía, una
perfecta camaradería que asombraba a la gente del lugar. Sobretodo viéndolos signarse sin poder descifrar sus mensajes. Solo ellos sabían lo que se decían con gestos y risas.

La lengua de signos era su idioma materno y estaban dispuestos a enseñarla a quien quisiera aprenderla
pero a los vecinos que oían bien les resultaba algo casi imposible de manejar. Solo algún alumno de la escuela se apuntó a estas clases que, de forma altruista, impartía Pablo en la parroquia.
Lola presumía aquella tarde de su último invento, y los llamó por whatssap para probarlo juntos. Se trataba de un "Teléfono de Vibraciones".

El dispositivo contaba con mango en un extremo y un sensor en el otro. Cuando alguien hablaba en el sensor, las palabras se convertían en vibraciones que se transmitían a través del mango. Era una forma perfecta de comunicarse, y tuvo gran éxito entre los amigos.

Un día, en el mercado de Sonoville, los Sordicornios estaban reuniéndose para planear su próxima gran hazaña cómica. Se habían enterado de que el
alcalde organizaría un concurso de talentos con el objetivo de recaudar fondos para el nuevo hospital del pueblo.

¡Era la oportunidad perfecta de mostrar al mundo su destreza y, al mismo tiempo, hacer reír a todos hasta que les dolieran las barrigas!

Después de horas de discusiones, finalmente se decidió que Carlos realizaría una actuación consistente en imitara a animales que dejaría a todos boquiabiertos.

Marta se encargaría de traducir las palabras de los jueces con su habilidad de lectura de labios y sorprendería a todos al revelar lo que realmente estaban pensando. Pablo cerraría el espectáculo con una historia épica contada únicamente con sus elegantes movimientos de manos.

La noche del concurso llegó y el teatro rebosaba de asistentes y emoción. Los Sordicornios, listos para hacer su entrada triunfal. Carlos salió al escenario y comenzó su imitación de animales. Los sonidos de elefantes, leones y vacas llenaron el aire mientras la audiencia estallaba en sonoras carcajadas.

Marta capturó las expresiones de los jueces y reveló sus comentarios más hilarantes. ¡La gente no podía creer lo que estaba escuchando!

Llegó el turno de Pablo. Con gracia y maestría, contó la historia de un caballero valiente que luchó contra dragones usando solo sus manos. Las luces se oscurecieron y un proyector iluminó el escenario con sombras que representaban la historia. El público estaba hipnotizado y reía a pleno pulmón ante la creatividad de Pablo. Ellos sabían, porque lo notaban en las miradas de la muchedumbre, que aquella noche sería recordada por todos como una noche mágica donde se aprendió mucho acerca de la hipoacusia.

Finalmente, los Sordicornios se recuperaron en el escenario para su gran final. Tomaron una gigantesca pancarta que decía "¡Los Sordicornios hacen
del mundo un lugar más ruidoso y divertido!" y la sostuvieron en alto mientras recibían una ovación de pie.

El alcalde, riendo sin poderse contener, les entregó el premio principal: un megáfono muy grande que decía "Héroes del Humor". Realmente, el Edil nunca imaginó tener entre sus vecinos a alguien que, teniendo dificultades auditivas y de Lenguaje, pudiera ser capaz de hacerles pasar unas horas tan amenas.

Con su nuevo megáfono, los Sordicornios se cerraron en leyendas locales. Organizaron espectáculos cómicos en todo el pueblo y con ellos recaudaron fondos para causas benéficas. Sus voces resonaron aún más fuerte por las calles de Sonoville, recordándole a todos que el humor podía unir a las personas sin importar sus diferencias.

Y así, en medio de risas y ocurrencias, los chicos demostraron también que la amistad y la diversión pueden vencer cualquier obstáculo. En un mundo lleno de sonidos y silencios, encontraron una forma única de conectar con los demás y hacer de su comunidad un lugar más alegre. Porque al final del día, la risa era el idioma universal que todos podían entender, sin importar la cantidad de decibeles en el camino.

María Jesús Cañamares Muñoz



miércoles, 29 de noviembre de 2023

VISIONES COMPARTIDAS

En el bullicioso corazón urbano, Ana, una joven fotógrafa apasionada por su arte, se encontró con aquella oportunidad que cambiaría su vida y resonaría en los corazones de muchos.

La ciudad estaba adornada con carteles de un

concurso de fotografía bajo el tema "Reflejos de la Vida". Ana, con su cámara en mano y ojos curiosos, decidió participar. En un día soleado, mientras paseaba por las calles empedradas, su lente capturó una imagen que iba más allá de la superficie. En un charco de agua que yacía sobre el pavimento, vio reflejados los rostros sonrientes de niños jugando en un parque cercano.

La fotografía que había tomado era un testimonio visual de la alegría e inocencia que aún perduraban en medio del bullicio urbano. Presentó su obra con el título "Espejos de la Felicidad", y pronto se convirtió en un finalista del concurso. Sin embargo, lo que sucedió a continuación fue mucho más profundo y conmovedor de lo que ella podría haber imaginado.

Un día, mientras recorría la exposición de las obras finalistas, Ana escuchó una voz suave que resonaba detrás de ella. Se volvió para encontrarse con María, una mujer ciega que exploraba las fotografías con sus manos. Ana sintió una oleada de empatía y curiosidad. La mujer le confesó que había perdido la vista en un accidente, pero su amor por el arte visual seguía intacto. Ella también había sentido la belleza de las imágenes a través de los sentidos restantes.

Un lazo nació entre las dos mujeres. María compartió sus experiencias y cómo había aprendido a "ver" de manera diferente, interpretando las descripciones y emociones que las obras evocaban. Ana quedó fascinada por la perspectiva única de María y su capacidad de encontrar significado en lo invisible para la mayoría. Pronto, decidieron colaborar en una serie de fotos que María describiría a través de sus palabras, permitiendo que los que no podían ver compartieran su visión.

La colaboración entre las dos mujeres resonó en el corazón de la ciudad y más allá. Juntas, crearon una exposición llamada "Visiones Compartidas", donde cada imagen iba acompañada de una narración vívida de María. La muestra no solo destacaba la calidad artística de las fotografías, sino que también celebraba la conexión entre dos personas que habían encontrado una manera única de explorar la belleza del mundo.

El ritmo narrativo de su historia se convirtió en una danza armoniosa entre la visión y la descripción, la imagen y la palabra. Las personas que asistieron a la exposición se vieron inmersas en una experiencia sensorial que desafiaba las percepciones convencionales. La coherencia argumental se entrelazaba con cada imagen y narración, formando un mosaico de significados que trascendía las limitaciones físicas.

La exposición también defendía valores fundamentales como la inclusión, empatía y la apertura a nuevas perspectivas. Esa conexión entre Ana y María era un testimonio de cómo la colaboración y comprensión mutua podían romper barreras aparentemente insuperables.
María Jesús Cañamares Muñoz


sábado, 25 de noviembre de 2023

MUJER MODERNA, MUJER AUDAZ.

 OS DEDICO ESTE RELATO A TODAS LAS MUJERES QUE VISITÉIS MI BLOG


En los tumultuosos días de la época modernista, las ciudades bullían con ecos de cambio y creatividad.

Como jardín exótico, emergía la figura enigmática de Aurora Lorraine.

Con la mirada avivada por el fuego de la emancipación, desafiaba los límites impuestos a las mujeres.

Ataviada con vestidos de seda y sombreros exquisitamente emplumados, recorría las calles adoquinadas de París, símbolo viviente de audacia.
Deslumbraba con su atuendo. Sus palabras, como notas de piano en una melodía, trascendían las fronteras de lo convencional. Sus crónicas en
el periódico "L'Éclat" exponían con elegancia las luchas silenciadas de mujeres modernistas. A través de sus escritos, artistas, científicas y pensadoras hallaron una
voz resonante.

Pero, Aurora también desvelaba su alma a través de

lienzos. Como pintora talentosa, capturaba la esencia efímera de la feminidad en pinceladas vibrantes de los retratos. Sus obras celebraban la belleza en todas sus
manifestaciones: desde salones parisinos hasta talleres clandestinos de
mujeres artistas.

Aurora, musa y artista, tejía su legado en la tela de la historia. En tiempos de cambios tumultuosos, su influencia trascendía las páginas de periódicos y galerías de arte. Era una figura que desafiaba las convenciones, encarnando el espíritu audaz de una era en constante transformación.

María Jesús Cañamares Muñoz



martes, 21 de noviembre de 2023

El Defensor de la Esperanza

 Por: Madreselva

 Eduardo era abogado del turno de oficio en una pequeña ciudad. A menudo, se encontró encerrado en casos difíciles, pero uno en particular lo marcó profundamente.

 Una llamada a altas horas de la noche lo despertó.

Era Julia, joven madre que luchaba por la custodia de su hijo. Las lágrimas en su voz eran desgarradoras. Eduardo sabía que debía ayudarla.

Durante semanas, trabajó incansablemente en el caso. Revisó montañas de documentos, interrogó testigos y se enfrentó a un abogado de la parte contraria que no le ponía las cosas fáciles. Sin embargo, estaba decidido a dar lo mejor de sí.

La audiencia final llegó, y el abogado se levantó para argumentar su caso. Habló con seguridad y convicción, defendiendo la causa de Julia con todas sus fuerzas. Al finalizar su discurso, ella lo miró con ojos llenos de gratitud.

Después de un largo proceso, el veredicto llegó. Eduardo ganó el caso. Julia recuperó la custodia de su hijo. La alegría en el rostro de la madre era indescriptible. Eduardo también se sintió victorioso, no por la gloria, sino por haber sido un defensor de la esperanza.

Años después, recibió una carta de agradecimiento de Julia. Le contaba cómo su hijo crecía feliz, y cómo la victoria en el caso cambió sus vidas para siempre. La carta concluía con estas palabras: “Eduardo, fuiste el abogado del turno de oficio que nos devolvió la esperanza. Gracias por creer en nosotros cuando nadie más lo hizo”.

Él guardó esa carta en su escritorio como recordatorio de por qué había elegido ser abogado del turno de oficio. No importaba la falta de reconocimiento público o los premios; lo que realmente importaba era la capacidad de cambiar vidas y ser el defensor de aquellos que más lo necesitaban.

Madreselva es seudónimo de María Jesús.



miércoles, 30 de agosto de 2023

AMOR ADOLESCENTE

 


Lucía y Alejandro, dos adolescentes soñadores e inquietos, vivían en un pequeño pueblo castellano-manchego.  Ambos compartían la misma escuela y, aunque se conocían desde que nacieron, fue en su último año de instituto cuando el caprichoso destino los unió de una manera especial.

Lucía, de cabello rizado y ojos color miel, era una chica muy creativa que siempre llevaba consigo un cuaderno donde plasmaba sus pensamientos y emociones.

Alejandro, de pelo oscuro, tez morena y mirada profunda, destacaba por su habilidad para tocar la guitarra y expresar sus sentimientos a través de la música.

Un día de feria local, Lucía se encontró sentada en un

banco, dibujando en su cuaderno. Alejandro pasó cerca y notó la expresión concentrada en aquel rostro.  Se acercó tímidamente y le preguntó sobre su arte. A partir de ese momento, las conversaciones entre ellos se volvieron una constante.

Juntos descubrían que iban teniendo muchas cosas en común: su pasión por la música, el amor a la naturaleza y la fascinación por las estrellas. Cada noche, subían a un pequeño mirador en las afueras del pueblo y pasaban horas contemplando el cielo nocturno mientras se contaban sueños y anhelos.

A medida que el tiempo pasaba, Lucía y Alejandro se sintieron cada vez más atraídos el uno hacia el otro. Sin embargo, también surgían dudas y temores propios de la adolescencia. No querrían arriesgar su amistad, pero tampoco podrían ignorar lo que sintieran. Los sentimientos se tornaron en melodías que ambos interpretaron con sus instrumentos, como si la música fuera el puente que conectaba esos dos corazones.

Mientras caminaban juntos por el parque, bajo un cielo teñido de tonos cálidos por la puesta de sol, Alejandro tomó valor y confesó lo que sentía por Lucía. La joven, con una mezcla de sorpresa y felicidad en sus ojos, admitió que también había estado enamorada de él desde tiempo atrás.

Así comenzaba su hermosa historia de amor. Se volvieron inseparables, compartiendo risas, confidencias y aventuras. Paseaban de la mano por las calles del pueblo, se internaban en el bosque para descubrir nuevos rincones, y juntos construían un mundo propio lleno de sueños y esperanzas donde solo ellos tenían cabida.

Poco a poco, iban reduciendo su círculo de amistades porque las horas nunca bastaban para encontrarse a solas.

Sin embargo, como en casi todas las historias de amor adolescente, también enfrentaban desafíos. Los miedos e inseguridades propios de esa etapa amenazaron con separarlos. En momentos de duda, encontraban consuelo en la música y en sus palabras compartidas. Aprendieron a apoyarse mutuamente y a crecer juntos, fortaleciendo aquel amor día a día.

El verano llegó a su fin, y con él, la perspectiva de la separación, ya que irían a distintas ciudades para continuar sus estudios universitarios.

Los chicos sabían que el futuro era incierto, pero se prometieron que su amor sería más fuerte que cualquier distancia.

Antes de partir, decidieron escribirse cartas, como si fueran notas musicales que llegaran al corazón del otro. A través de palabras y melodías, mantuvieron viva aquella relación apasionada, convirtiendo la distancia en un desafío que fortaleció ese vínculo.

Pasaron años, y cada verano, Lucía y Alejandro se reencontraron en aquel pequeño pueblo que los vio crecer y enamorarse. Juntos siguieron visitando el mirador para contemplar las estrellas, grabando los momentos compartidos y planificando un futuro en familia.

Ninguno de ellos parecía dispuesto a intentar mantener otras relaciones, algo que daba que hablar entre compañeros de Universidad y vecinos del pueblo. Unos se burlaban de aquella entrega tan generosa, afirmando que no era nada común en la actualidad. Los más discretos admiraban a aquellos muchachos de tan férrea voluntad, comparándolos con Romeo y Julieta.

Lo cierto fue que aquella historia de amor de Lucía y Alejandro se convirtió en una leyenda en el pueblo, inspirando a otros jóvenes a vivir sus emociones sin miedo.

A ella le costó más terminar su licenciatura, añoraba a su novio noche y día sin lograr apenas concentrarse en los estudios.

Alejandro trabajaba en todo aquello que el fin de semana le ofreciera, procurando reunir dinero para escapar junto a ella alguna vez. Pero cuando llegaba el momento de la separación forzosa, los dos se hundían en un abismo del que cada vez les era más duro salir. El frío whatssap con sus vídeollamadas solo aumentaba el deseo de la unión física; las redes sociales donde los dos compartían fotografías o publicaciones les resultaban ya aburridas y acrecentaban la pena de no poder revivir aquellos momentos.

Aquel último encuentro, sin embargo, en lugar de lágrimas de aflicción les trajo torrentes de felicidad. En ambos currículums brillaba ya una carrera profesional que les permitiría afrontar el futuro juntos como siempre habían deseado. Pero además, el vientre de Lucía se iba engrosando más y más. La semilla que plantaron tras una de sus escapadas, había dado su fruto, y solo les quedaba recibir la cosecha dentro de dos meses. Ya sabían que a partir de ahí, tendrían que dar biberones, cambiar pañales y pasar noches enteras meciendo a su preciosa Esmeralda.

Y así, su amor perduró en el tiempo, trascendiendo las barreras del espacio y la edad, demostrando que cuando dos almas se encuentran, el universo conspira para que ese amor brille eternamente.

María Jesús Cañamares Muñoz