lunes, 26 de octubre de 2026

A tiempo

Os presento mi relato presentado al concurso "El bolao" de la Biblioteca Fermín Caballero de Cuenca, ha quedado finalista:

María Jesús Cañamares Muñoz

Llevo el móvil conectado porque mi padre decía que nunca se sabe.

Cuando murió, encontré ciento diecisiete alarmas programadas. No eran para las pastillas ni para las citas del médico. Eran para mí.

«Tu cumpleaños». «El primer día de colegio de Martín». «Cuando vendas la casa». «Cuando tengas miedo». «Cuando vuelvas a enamorarte».

Las borré todas menos una. Estaba fechada treinta años después de su muerte.

Durante años olvidé aquella alarma. Tuve hijos, enviudé, cambié de ciudad. Aprendí a vivir con la ausencia hasta que una madrugada, mientras dormía, el teléfono vibró sobre la mesilla.

Abrí los ojos. En la pantalla solo aparecía:

«Ahora sí puedes desconectarlo».

Me quedé mirando esas palabras.

Entonces entendí que mi padre no había querido dejarme instrucciones para vivir sin él. Había dejado pequeñas formas de aparecer, una por cada cosa que temía perderse.

No podía acompañarme. Pero había encontrado la manera de llegar a tiempo.

Apagué el móvil.

Por primera vez en treinta años, la casa se quedó completamente en silencio.

Y aquel silencio no dolió, como si alguien cerrara una puerta despacio.

Añil



miércoles, 23 de septiembre de 2026

El ruido del silencio. Por: Lirio Hermoso (seudónimo)

Este relatito es mío. Ha quedado finalista en el concurso de relatos Nila Flores. Es una asociación contra el cáncer, por lo tanto lo publicarán en su libro anual, que venderán para recaudar fondos. Me quedo finalista por segundo año consecutivo en ese concurso. Que lo disfrutéis.    

El ruido del silencio

El día que desaparecieron todos los sonidos del

mundo, mi padre fue la primera persona que empezó a hablar. No dijo nada importante. Ni siquiera dijo mi nombre. Simplemente abrió la boca y dejó escapar palabras pequeñas, sin dueño, como si estuviera comprobando que el aire seguía funcionando.

—Qué raro —dijo.

Yo también lo pensé, pero no contesté.

Estábamos en la cocina, frente a dos tazas de café que se enfriaban. Afuera, la ciudad parecía una fotografía detenida. Los coches avanzaban por las calles con los motores apagados. La gente caminaba deprisa, mirando a su alrededor con la misma expresión de desconcierto que tendría alguien al descubrir que una parte de su cuerpo había dejado de existir.

No había cláxones, ni voces, ni pájaros, ni pasos. Nada. El silencio era tan completo que daba miedo.

Mi padre, que llevaba años perdiendo palabras, parecía ahora incapaz de quedarse callado.

—Deberíamos llamar a alguien —dije.

Pero el teléfono tampoco sonaba. Nadie sabía qué hacer cuando el mundo dejaba de responder. Nos habíamos pasado la vida llenándolo todo: conversaciones, música, notificaciones, pantallas encendidas hasta en habitaciones vacías. Y de repente la realidad había decidido quitarnos aquello que más usábamos para no pensar: el ruido.

Salimos al balcón. Durante unos minutos miramos la ciudad muda. Los edificios seguían en pie, las luces seguían funcionando, las personas seguían moviéndose. Era como si el mundo hubiera continuado sin nosotros y alguien hubiera olvidado ponerle sonido.

Entonces mi padre dijo:

—Ahora entiendo por qué venías tanto.

Lo miré.

—¿Qué?

Se apoyó en la barandilla.

—Cuando tu madre murió, pensé que venías porque estabas preocupado por mí. Pero no era eso.

No supe qué responder. Él siempre había sido un hombre de pocas palabras. Cuando yo era niño, sus silencios me parecían enormes. No sabía si estaba enfadado, cansado o simplemente lejos. Aprendí a llenar esos huecos con mis propias historias. Creí que el silencio era una pared. Nunca creí que podía ser una puerta.

—Venías porque te daba miedo estar solo contigo mismo —continuó.

La frase me golpeó más que cualquier grito, porque era verdad. Durante años había llenado mis días de ruido para no escuchar lo que quedaba debajo. Trabajaba muchísimo, hablaba demasiado, reía cuando no tenía ganas. Incluso cuando estaba con mi padre, encendía la televisión, ponía música, buscaba cualquier excusa para que aquella casa no volviera a quedarse como después de la muerte de mi madre. Vacía.

Mi progenitor me miró.

—Ella decía que el silencio no era estar solo.

Bajó la vista hacia la calle.

—Decía que era el único sitio donde la gente podía encontrarse de verdad.

Por primera vez en mucho tiempo no tuve una respuesta preparada. Y entonces ocurrió algo extraño.

Un pájaro apareció en el borde del balcón. Abrió el

pico y cantó. 

Un sonido pequeño, imperfecto, casi tímido.

Mi padre sonrió.

—Ya está volviendo.

Pero yo negué con la cabeza. Porque no era eso.

El mundo no estaba recuperando el sonido. Éramos nosotros los que, por fin, estábamos aprendiendo a escucharlo.

Aquel día comprendí que el silencio nunca había sido la ausencia de ruido. El silencio era todo aquello que habíamos intentado tapar. Y algunas verdades, cuando por fin consiguen salir, hacen más ruido que cualquier ciudad.



sábado, 27 de junio de 2026

Héroes anónimos

FASOCIDE (Federación de Asociaciones de
Personas Sordociegas de España):

El 27 de junio se celebra el Dia Internacional de la Sordoceguera

La sordoceguera no es la suma de dos discapacidades de ceguera y sordera, sino que está oficialmente reconocida como una discapacidad única, con un colectivo muy heterogéneo, esto significa que dependiendo de los restos auditivos y visuales de cada persona y del momento de aparición, cada uno tendrá formas de comunicarse y de acceder a la información adaptadas a sus necesidades. Requieren de apoyos de materiales, mediadores/as comunicativos, guías-intérpretes y sistemas de comunicación propios.

Pero que no os confunda, las personas sordociegas pueden llevar una vida autónoma parecida a la tuya, pueden realizar tareas cotidianas en sus hogares, practicar deporte, ir a hacer la compra, ocupar su tiempo libre en lo que quieran de forma independiente, también pueden acudir a la peluquería.

Aunque claro todas estas cosas son más sencillas cuando la sociedad conoce la sordoceguera y sabe como actuar con una persona sordociega, cuando se eliminan barreras el mundo se abre para las personas sordociegas. Si se cuenta con medidas de accesibilidad adecuadas, las personas sordociegas pueden ir donde quieran y necesiten, sin barreras hasta pueden disfrutar de la cultura y el ocio.

Recuerda, las personas sordociegas pueden ir acompañadas de perros guías, pero principalmente los puedes reconocer por llevar su bastón rojo-blanco.

La Comisión de Accesibilidad de FASOCIDE junto con la Comisión de Accesibilidad de ASOCIDE Cataluña ha preparado este video para celebrar el Día Internacional de la Sordoceguera, contando con la participación de socios y socias sordociegos que muestran sus diferentes formas de comunicarse y su vida cotidiana siendo independientes cuando no existen barreras y hay accesibilidad e inclusión real.

"Sordoceguera: visibilidad que reconoce, accesibilidad que conecta participación que transforma"

Héroes anónimos:




domingo, 26 de abril de 2026

Puntos que vencieron a gigantes. ¡Otro premio! Otorgado a María Jesús por el Consejo Territorial de la ONCE de CASTILLA LA MANCHA

Puntos que vencieron a gigantes

Don Quijote despertó aquella mañana con la sensación de que alguien había bajado el telón del mundo sin pedir permiso. Parpadeó. Nada. Volvió a parpadear, con furia de caballero ofendido. Nada otra vez. El sol, ese traidor, no acudía a su cita. Las sombras no

existían. El día había sido desterrado.

—Sancho —dijo, y su voz buscó la estancia como un bastón torpe—. Sancho amigo, acércate, que temo haber sido vencido por un encantamiento de los más crueles.

Sancho Panza se rascó la barriga y se acercó, oliendo a pan reciente y a preocupación vieja.

—¿Encantamiento? Pues huele más a desgracia que a hechizo, señor. ¿Veis algo?

—Veo el miedo —respondió Don Quijote—. Y eso, Sancho, no lo vi jamás ni con anteojos.

Le confesó entonces, con palabras que se le rompían como platos, que no veía las nubes ni el humo del guiso; que el rostro de los hombres se le había vuelto una idea; que el mundo era ahora una carta sin tinta. Pero lo que de verdad le apretaba el pecho no era tropezar con las piedras, sino no poder escribir a Dulcinea ni leer las cartas que ella, en su infinita misericordia, le enviaba desde el reino de los sueños.

—¿Cómo amaré, si no puedo escribir “te amo” con la mano temblorosa? ¿Cómo sabré que me ama si no leo su letra, que es como verla caminar?

Sancho carraspeó. Tenía respuestas prácticas para casi todo, menos para el dolor ajeno.

—Señor, el amor no se lee con los ojos, sino con lo que uno se juega el pellejo. Pero entiendo el apuro. Sin cartas, el corazón se queda analfabeto.

Decidieron entonces emprender camino. Don Quijote, terco como lanza, juró que no se quedaría encerrado a oscuras. Sancho, sensato a ratos, propuso ir a Francia, a la casa-museo de un tal Louis Braille, hombre que había hecho hablar a los puntos.

—¿Puntos que hablan? —preguntó el caballero, frunciendo un ceño que nadie vio—. Si hablan, que digan verdades.

El viaje fue largo. Don Quijote caminaba contando pasos como quien reza, y Sancho le narraba el paisaje con exageraciones útiles.

—A la izquierda hay un campo tan verde que hasta da hambre. A la derecha, un molino que hoy no parece gigante, pero no me fío.

—Descríbeme las nubes —pedía Don Quijote—, aunque mientas un poco.

—Son como ovejas que se olvidaron del pastor —respondía Sancho—. Blancas y desordenadas, como mis pensamientos.

En Francia, la casa-museo olía a madera vieja y a futuro. Les hablaron del niño Louis, que perdió la vista y ganó el mundo. Les pusieron en las manos un papel sembrado de puntos. Don Quijote pasó los dedos, desconfiado.

—Esto no es escritura —sentenció—. Es un mapa de estrellas caídas.

—Pues esas estrellas leen —dijo Sancho—. Y sin pedir permiso a los ojos.

Don Quijote no se ilusionó de inmediato. Se enfadó un poco, que era su manera de tener miedo.

—He nacido para letras largas y palabras con bigote —gruñó—. ¿Qué será de mis cartas, reducidas a hormigas?

Sancho, sorprendentemente serio, respondió:

—Será lo mismo de siempre, señor. Amor en otro traje. Además, dicen que hay tecnologías nuevas: voces que leen, máquinas que escriben solas, cacharros que hablan más que yo.

Don Quijote soltó una risa seca que acabó en suspiro.

—No temo a aprender —dijo—. Temo a olvidar quién soy. Si mi mano no dibuja las letras como antes, ¿seguiré siendo caballero?

Le enseñaron a leer un nombre. No el suyo. “Dulcinea”. Tardó. Sudó. Se equivocó. Pero cuando sus dedos reconocieron el orden secreto de los puntos, lloró en silencio, como lloran los valientes.

—Sancho —murmuró—, estas letras no se ven, pero se sienten. Como ella.

De regreso a España, el trayecto fue distinto. Don Quijote caminaba más erguido. Ya no pedía que le describieran todo. Tocaba el aire y sonreía. Por las noches, Sancho lo oía practicar, punto a punto, palabra a palabra, como quien reza una novena al tacto.

Al llegar, se sentaron bajo un árbol que el caballero no vio, pero reconoció por el rumor de las hojas.

—Sancho —confesó al fin—, no quiero engañarte. Estoy totalmente ciego.

Sancho tragó saliva.

—Ya lo sabía, señor.

—Pero escúchame bien —continuó—. Estoy ciego de amor. Y ese mal no se cura con vista. Se aprende a leer con las manos, con el pecho, con la vida entera.

Sacó una carta. No tenía tinta. Tenía puntos. Sancho no supo leerla, pero supo sentirla.

 María Jesús Cañamares Muñoz