miércoles, 23 de septiembre de 2026

El ruido del silencio. Por: Lirio Hermoso (seudónimo)

Este relatito es mío. Ha quedado finalista en el concurso de relatos Nila Flores. Es una asociación contra el cáncer, por lo tanto lo publicarán en su libro anual, que venderán para recaudar fondos. Me quedo finalista por segundo año consecutivo en ese concurso. Que lo disfrutéis.    

El ruido del silencio

El día que desaparecieron todos los sonidos del

mundo, mi padre fue la primera persona que empezó a hablar. No dijo nada importante. Ni siquiera dijo mi nombre. Simplemente abrió la boca y dejó escapar palabras pequeñas, sin dueño, como si estuviera comprobando que el aire seguía funcionando.

—Qué raro —dijo.

Yo también lo pensé, pero no contesté.

Estábamos en la cocina, frente a dos tazas de café que se enfriaban. Afuera, la ciudad parecía una fotografía detenida. Los coches avanzaban por las calles con los motores apagados. La gente caminaba deprisa, mirando a su alrededor con la misma expresión de desconcierto que tendría alguien al descubrir que una parte de su cuerpo había dejado de existir.

No había cláxones, ni voces, ni pájaros, ni pasos. Nada. El silencio era tan completo que daba miedo.

Mi padre, que llevaba años perdiendo palabras, parecía ahora incapaz de quedarse callado.

—Deberíamos llamar a alguien —dije.

Pero el teléfono tampoco sonaba. Nadie sabía qué hacer cuando el mundo dejaba de responder. Nos habíamos pasado la vida llenándolo todo: conversaciones, música, notificaciones, pantallas encendidas hasta en habitaciones vacías. Y de repente la realidad había decidido quitarnos aquello que más usábamos para no pensar: el ruido.

Salimos al balcón. Durante unos minutos miramos la ciudad muda. Los edificios seguían en pie, las luces seguían funcionando, las personas seguían moviéndose. Era como si el mundo hubiera continuado sin nosotros y alguien hubiera olvidado ponerle sonido.

Entonces mi padre dijo:

—Ahora entiendo por qué venías tanto.

Lo miré.

—¿Qué?

Se apoyó en la barandilla.

—Cuando tu madre murió, pensé que venías porque estabas preocupado por mí. Pero no era eso.

No supe qué responder. Él siempre había sido un hombre de pocas palabras. Cuando yo era niño, sus silencios me parecían enormes. No sabía si estaba enfadado, cansado o simplemente lejos. Aprendí a llenar esos huecos con mis propias historias. Creí que el silencio era una pared. Nunca creí que podía ser una puerta.

—Venías porque te daba miedo estar solo contigo mismo —continuó.

La frase me golpeó más que cualquier grito, porque era verdad. Durante años había llenado mis días de ruido para no escuchar lo que quedaba debajo. Trabajaba muchísimo, hablaba demasiado, reía cuando no tenía ganas. Incluso cuando estaba con mi padre, encendía la televisión, ponía música, buscaba cualquier excusa para que aquella casa no volviera a quedarse como después de la muerte de mi madre. Vacía.

Mi progenitor me miró.

—Ella decía que el silencio no era estar solo.

Bajó la vista hacia la calle.

—Decía que era el único sitio donde la gente podía encontrarse de verdad.

Por primera vez en mucho tiempo no tuve una respuesta preparada. Y entonces ocurrió algo extraño.

Un pájaro apareció en el borde del balcón. Abrió el

pico y cantó. 

Un sonido pequeño, imperfecto, casi tímido.

Mi padre sonrió.

—Ya está volviendo.

Pero yo negué con la cabeza. Porque no era eso.

El mundo no estaba recuperando el sonido. Éramos nosotros los que, por fin, estábamos aprendiendo a escucharlo.

Aquel día comprendí que el silencio nunca había sido la ausencia de ruido. El silencio era todo aquello que habíamos intentado tapar. Y algunas verdades, cuando por fin consiguen salir, hacen más ruido que cualquier ciudad.



sábado, 27 de junio de 2026

Héroes anónimos

FASOCIDE (Federación de Asociaciones de
Personas Sordociegas de España):

El 27 de junio se celebra el Dia Internacional de la Sordoceguera

La sordoceguera no es la suma de dos discapacidades de ceguera y sordera, sino que está oficialmente reconocida como una discapacidad única, con un colectivo muy heterogéneo, esto significa que dependiendo de los restos auditivos y visuales de cada persona y del momento de aparición, cada uno tendrá formas de comunicarse y de acceder a la información adaptadas a sus necesidades. Requieren de apoyos de materiales, mediadores/as comunicativos, guías-intérpretes y sistemas de comunicación propios.

Pero que no os confunda, las personas sordociegas pueden llevar una vida autónoma parecida a la tuya, pueden realizar tareas cotidianas en sus hogares, practicar deporte, ir a hacer la compra, ocupar su tiempo libre en lo que quieran de forma independiente, también pueden acudir a la peluquería.

Aunque claro todas estas cosas son más sencillas cuando la sociedad conoce la sordoceguera y sabe como actuar con una persona sordociega, cuando se eliminan barreras el mundo se abre para las personas sordociegas. Si se cuenta con medidas de accesibilidad adecuadas, las personas sordociegas pueden ir donde quieran y necesiten, sin barreras hasta pueden disfrutar de la cultura y el ocio.

Recuerda, las personas sordociegas pueden ir acompañadas de perros guías, pero principalmente los puedes reconocer por llevar su bastón rojo-blanco.

La Comisión de Accesibilidad de FASOCIDE junto con la Comisión de Accesibilidad de ASOCIDE Cataluña ha preparado este video para celebrar el Día Internacional de la Sordoceguera, contando con la participación de socios y socias sordociegos que muestran sus diferentes formas de comunicarse y su vida cotidiana siendo independientes cuando no existen barreras y hay accesibilidad e inclusión real.

"Sordoceguera: visibilidad que reconoce, accesibilidad que conecta participación que transforma"

Héroes anónimos:




domingo, 26 de abril de 2026

Puntos que vencieron a gigantes. ¡Otro premio! Otorgado a María Jesús por el Consejo Territorial de la ONCE de CASTILLA LA MANCHA

Puntos que vencieron a gigantes

Don Quijote despertó aquella mañana con la sensación de que alguien había bajado el telón del mundo sin pedir permiso. Parpadeó. Nada. Volvió a parpadear, con furia de caballero ofendido. Nada otra vez. El sol, ese traidor, no acudía a su cita. Las sombras no

existían. El día había sido desterrado.

—Sancho —dijo, y su voz buscó la estancia como un bastón torpe—. Sancho amigo, acércate, que temo haber sido vencido por un encantamiento de los más crueles.

Sancho Panza se rascó la barriga y se acercó, oliendo a pan reciente y a preocupación vieja.

—¿Encantamiento? Pues huele más a desgracia que a hechizo, señor. ¿Veis algo?

—Veo el miedo —respondió Don Quijote—. Y eso, Sancho, no lo vi jamás ni con anteojos.

Le confesó entonces, con palabras que se le rompían como platos, que no veía las nubes ni el humo del guiso; que el rostro de los hombres se le había vuelto una idea; que el mundo era ahora una carta sin tinta. Pero lo que de verdad le apretaba el pecho no era tropezar con las piedras, sino no poder escribir a Dulcinea ni leer las cartas que ella, en su infinita misericordia, le enviaba desde el reino de los sueños.

—¿Cómo amaré, si no puedo escribir “te amo” con la mano temblorosa? ¿Cómo sabré que me ama si no leo su letra, que es como verla caminar?

Sancho carraspeó. Tenía respuestas prácticas para casi todo, menos para el dolor ajeno.

—Señor, el amor no se lee con los ojos, sino con lo que uno se juega el pellejo. Pero entiendo el apuro. Sin cartas, el corazón se queda analfabeto.

Decidieron entonces emprender camino. Don Quijote, terco como lanza, juró que no se quedaría encerrado a oscuras. Sancho, sensato a ratos, propuso ir a Francia, a la casa-museo de un tal Louis Braille, hombre que había hecho hablar a los puntos.

—¿Puntos que hablan? —preguntó el caballero, frunciendo un ceño que nadie vio—. Si hablan, que digan verdades.

El viaje fue largo. Don Quijote caminaba contando pasos como quien reza, y Sancho le narraba el paisaje con exageraciones útiles.

—A la izquierda hay un campo tan verde que hasta da hambre. A la derecha, un molino que hoy no parece gigante, pero no me fío.

—Descríbeme las nubes —pedía Don Quijote—, aunque mientas un poco.

—Son como ovejas que se olvidaron del pastor —respondía Sancho—. Blancas y desordenadas, como mis pensamientos.

En Francia, la casa-museo olía a madera vieja y a futuro. Les hablaron del niño Louis, que perdió la vista y ganó el mundo. Les pusieron en las manos un papel sembrado de puntos. Don Quijote pasó los dedos, desconfiado.

—Esto no es escritura —sentenció—. Es un mapa de estrellas caídas.

—Pues esas estrellas leen —dijo Sancho—. Y sin pedir permiso a los ojos.

Don Quijote no se ilusionó de inmediato. Se enfadó un poco, que era su manera de tener miedo.

—He nacido para letras largas y palabras con bigote —gruñó—. ¿Qué será de mis cartas, reducidas a hormigas?

Sancho, sorprendentemente serio, respondió:

—Será lo mismo de siempre, señor. Amor en otro traje. Además, dicen que hay tecnologías nuevas: voces que leen, máquinas que escriben solas, cacharros que hablan más que yo.

Don Quijote soltó una risa seca que acabó en suspiro.

—No temo a aprender —dijo—. Temo a olvidar quién soy. Si mi mano no dibuja las letras como antes, ¿seguiré siendo caballero?

Le enseñaron a leer un nombre. No el suyo. “Dulcinea”. Tardó. Sudó. Se equivocó. Pero cuando sus dedos reconocieron el orden secreto de los puntos, lloró en silencio, como lloran los valientes.

—Sancho —murmuró—, estas letras no se ven, pero se sienten. Como ella.

De regreso a España, el trayecto fue distinto. Don Quijote caminaba más erguido. Ya no pedía que le describieran todo. Tocaba el aire y sonreía. Por las noches, Sancho lo oía practicar, punto a punto, palabra a palabra, como quien reza una novena al tacto.

Al llegar, se sentaron bajo un árbol que el caballero no vio, pero reconoció por el rumor de las hojas.

—Sancho —confesó al fin—, no quiero engañarte. Estoy totalmente ciego.

Sancho tragó saliva.

—Ya lo sabía, señor.

—Pero escúchame bien —continuó—. Estoy ciego de amor. Y ese mal no se cura con vista. Se aprende a leer con las manos, con el pecho, con la vida entera.

Sacó una carta. No tenía tinta. Tenía puntos. Sancho no supo leerla, pero supo sentirla.

 María Jesús Cañamares Muñoz



sábado, 15 de noviembre de 2025

Premios Festival de Otoño Cuenca 2025

El talento, la creatividad y la pasión por la cultura han brillado en cada rincón de Cuenca durante estas semanas.

Hoy queremos felicitar a todos los participantes y, muy especialmente, a los ganadores de nuestros:

Concurso de Poesía → María Jesús Cañamares con “Luz de Cobre”

La poesía ganadora de María Jesús:


Luz De Cobre


Despierta Cuenca al roce del rocío,

la niebla besa torres y balcones,

se escucha un río antiguo, lento, frío,

trenzando sueños bajo los alcornoques.

El Huécar canta entre peñas doradas,

su voz resuena, líquida, serena,

y el sol, tímido, pinta las fachadas

con un fulgor de bronce y luna llena.

En las hoces el aire se arremolina,

lleva en su entraña olor a leña y trigo,

y un vuelo leve de golondrina

que se despide, libre, del abrigo.

Crujen las hojas bajo los portales,

se encienden brasas, vuelven las meriendas,

se tienden paños rojos en los bancales

y el alma al campo sale sin ofrendas.

Los abuelos cuentan cuentos al amparo

de un vino dulce, hondo y monasterio,

y un niño juega, ingenuo, en el albarro,

pisando ocres de un tiempo magisterio.

En San Miguel repican las campanas,

sube el incienso, baja la mirada,

y el río copia sombras tempranas

que el cielo dora, leve, en su enramada.

Por las callejas baja la fragancia

de pan caliente y humo de estufillas,

y en cada piedra duerme la elegancia

de un siglo eterno, puro y sin orillas.

Otoño en Cuenca, fuego detenido,

cuadro que pinta el viento en los balcones,

suspiro viejo, beso renacido,

verso que flota entre los miradores.

Si miro al Puente, todo se ilumina,

el tiempo calla, el alma se demora,

y siento en mí la tierra que camina,

dorada y viva, madre y soñadora.

Así es Cuenca cuando el frío llega,

dulce de ocres, mansa en su plegaria,

ciudad que al alma abriga y la sosiega,

reina de otoño, eterna y solitaria.


María Jesús Cañamares Muñoz



miércoles, 18 de diciembre de 2024

María Jesús Cañamares y Miguel Nombela, ganadores del IX Concurso de Relatos Cortos de la Asociación de Hipoacúsicos de Huesca

 Con cerca de 200 relatos recibidos, el certamen reconoce la excelencia literaria de participantes de todo el país

María Jesús Cañamares Muñoz, con su obra El eco del amor, ha sido

galardonada con el primer premio en la Modalidad A del IX Concurso de Relatos Cortos "Asociación de Hipoacúsicos de Huesca", mientras que Miguel Nombela Blázquez se ha llevado el primer premio en la Modalidad B con su relato El lector. En esta modalidad, el segundo premio ha recaído en Alexis López Vidal por A las puertas de nadie.

El certamen, que ha recibido cerca de 200 relatos de gran calidad, ha destacado la excelencia literaria de los participantes, muchos de los cuales tienen notables trayectorias en el mundo de las letras. A pesar del nivel de las obras presentadas, el jurado ha logrado un acuerdo unánime sobre las obras premiadas, que reflejan tanto la destreza narrativa como la profundidad de los temas tratados.

Organizado por la Asociación de Hipoacúsicos de Huesca, el concurso tiene como principal objetivo promover la creatividad literaria y, al mismo tiempo, resaltar la importancia del acceso a la lectoescritura para toda la población, especialmente para las personas sordas. En este sentido, el certamen destaca el papel de las nuevas tecnologías, que permiten a las personas con discapacidad auditiva acceder a la comunicación y la información a través de la lengua oral.

Este concurso se divide en dos modalidades. La Modalidad A está dirigida a personas con discapacidad auditiva, quienes deben acreditar su condición con un certificado oficial. En la Modalidad B pueden participar todas las personas residentes en España mayores de 16 años, sin importar su condición auditiva.

En cuanto a los premios, en la Modalidad A el primer premio, dotado con 700 euros, ha sido otorgado a María Jesús Cañamares Muñoz por su obra El eco del amor. En la Modalidad B, el primer premio, también dotado con 700 euros, ha recaído en Miguel Nombela Blázquez por su relato El lector, mientras que el segundo premio, de 200 euros, ha sido para Alexis López Vidal por A las puertas de nadie.

El jurado de esta edición, compuesto por Antonio Viñuales Escarñán, Teresa Corchete Sánchez, Javier Sánchez Blasco, Marta Bosque Mora y Héctor José Campo Nogués, ha presidido la deliberación bajo la dirección de Sonia Zamora Marquina, presidenta de la entidad organizadora. La secretaria del jurado ha sido María Ángeles López García.

Los relatos finalistas de esta edición han sido Cien años de magia de José Guadalajara Medina, Presas entre cuerdas de Jorge Juan Codina Ripoll, Los golpes de la vida de Olga Gallardo Quesada y El plantador de sucesos de César de las Eras Cobas.

María Jesús Cañamares Muñoz, licenciada en Escritura Creativa y persona sordociega, es originaria de Jábaga (Cuenca) y ha sido reconocida por la emotividad y profundidad de su relato. Por su parte, Miguel Nombela Blázquez, de Toledo, ha sido premiado por su habilidad para crear suspense y jugar con la estructura narrativa en El lector.

Alexis López Vidal, de Valencia, ha destacado por su estilo verista y lírico, así como por la crítica social que subyace en su relato A las puertas de nadie.

El IX Concurso de Relatos Cortos de la Asociación de Hipoacúsicos de Huesca continúa siendo una plataforma importante para dar visibilidad a los escritores con discapacidad auditiva y promover la inclusión cultural mediante el acceso a la lectoescritura y las nuevas tecnologías, cuyo fin es destacar la importancia del acceso a la lectoescritura de toda la población, y en especial de las personas sordas, que apoyados por las nuevas tecnologías, acceden a la comunicación e información a través de la lengua oral.

Enlace de la noticia en El diario de Huesca



miércoles, 13 de noviembre de 2024

El día a día de una luchadora sordociega de Cuenca que nunca deja de aprender

María Jesús Cañamares vive en su pueblo, Jábaga, con su madre. Allí da paseos, lee, escribe, escucha la radio y continúa su aprendizaje, algo que ha marcado su vida de superación.

Entrevista de la Cadena Ser, día 12 de Noviembre de 2024


Cuenca-Faltan unos minutos aún para las cinco de una tarde de otoño en la que ya se nota la bajada de temperaturas del mes de noviembre. Hace sol y Carmen y su hija María Jesús Cañamares (Jábaga, Cuenca, 1963) aprovechan para pasear por las calles de su pueblo, Jábaga, a poco más de diez kilómetros de Cuenca capital. “De lunes a viernes paseamos juntas porque los fines de semana me voy a andar con mis amigas y hacemos paseos más largos”, dice María Jesús.

Nos sumamos a ese paseo por la calle de San Roque, muy cerca de su domicilio, “que llega hasta el colegio de los niños y el camino de Chillarón”, dice Carmen, y charlamos con ellas sobre la vida de superación de María Jesús, nacida ciega en este pueblecito.

“Mi madre lo ha supuesto todo para mí, ha sido bastante protectora, no ha querido separarse de mí y cuando me llevaron al primer colegio con 9 años, a las dos nos costó mucho la separación”, cuenca María Jesús. “Ahora es mi compañía, mi guía, mi protectora. Es mi madre”.

Sordociega

Además de ser ciega de nacimiento, a María Jesús, a los 11 años, cuando ya estudiaba en un centro especial para niñas invidentes que gestionaban las monjas Franciscanas en Valencia, un fallido tratamiento con antibióticos para una gripe dañó su nervio auditivo y la dejó sorda. Desde entonces su vida ha sido una constante superación. La vista no la ha recuperado, pero el oído sí, gracias a los audífonos primero y a los implantes cocleares ahora.

“Es algo que no podré olvidar. Fue un trauma”, recuerda. “Mi vida cambió muchísimo, no pude seguir los estudios en Valencia y pasé a otro colegio de la ONCE en Alicante. No había intérpretes, no había mediadores, nada, pero los profesores se volcaron y con sus herramientas y su vocación pude seguir los cursos hasta octavo”.

“Como la vista nunca supo lo que era, la ceguera no lo ha llevado tan mal como perder el oído”, apunta su madre, “que le sobrevino ya con otra edad, se daba más cuenta. Es el palo más grande que le han podido dar”.

La ONCE

“La ONCE me lo ha dado todo”, destaca María Jesús, “desde la educación en sus colegios a la Fundación de Personas Sordociegas que gestiona todos los recursos, humanos y técnicos para hacernos la vida más independiente”.

Tras salir del colegio de Alicante a los 18 años, María Jesús volvió a Jábaga con su familia. “Mi madre no quería que vendiera cupones”, dice. Ese tiempo lo aprovechó para seguir leyendo en braille. Incluso la ONCE le ofreció un trabajo como monitora de braille en la agencia de Cuenca durante tres años. “Después estuve copiando libros de braille viejo a brille nuevo, pasé varios años en un piso tutelado en Madrid donde aprendí el uso de internet”, relata.

El día a día

El día a día actual de María Jesús es acompañar a su madre en un centro de día de Cuenca donde pasa la mañana y las primeras horas de la tarde. “La acompaño para no quedarme sola en casa y así estamos juntas aunque yo allí me aburro”, dice. “Al menos tengo la lectura”. “Se le van a gastar los dedos de tanto leer”, matiza su madre.

Leer y escribir

A María Jesús le gusta leer sobre todo novela romántica, teatro. Cuando nos encontramos con ella dice que está leyendo Retrato en sepia de Isabel Allende.

Además, le gusta escribir. Ha ganado varios concursos de relatos convocados por el Consejo Territorial de la ONCE en Castilla-La Mancha y dos veces el Concurso Europeo de Redacción sobre Braille. Y el más reciente: el segundo premio del VIII Concurso de Relatos cortos de la Asociación de Hipoacúsicos de Huesca. También tiene publicado el libro Relatos y punto que editó la Diputación Provincial de Cuenca.

Y le gusta escuchar la radio, “os escuché en el programa especial que hicisteis aquí en Jábaga”, nos dice, y la música, “sobre todo las baladas de Camilo Sesto y de los grupos de mi época como Los Puntos, Los Brincos o Fórmula V”. 

https://cadenaser.com/castillalamancha/2024/11/12/el-dia-a-dia-de-una-luchadora-sordociega-de-cuenca-que-nunca-deja-de-aprender-ser-cuenca/