Puntos que vencieron a gigantes
Don Quijote despertó aquella mañana con la sensación de que alguien había bajado el telón del mundo sin pedir permiso. Parpadeó. Nada. Volvió a parpadear, con furia de caballero ofendido. Nada otra vez. El sol, ese traidor, no acudía a su cita. Las sombras no
existían. El día había sido desterrado.—Sancho —dijo, y su voz buscó la estancia como un bastón
torpe—. Sancho amigo, acércate, que temo haber sido vencido por un
encantamiento de los más crueles.
Sancho Panza se rascó la barriga y se acercó, oliendo a pan
reciente y a preocupación vieja.
—¿Encantamiento? Pues huele más a desgracia que a hechizo,
señor. ¿Veis algo?
—Veo el miedo —respondió Don Quijote—. Y eso, Sancho, no lo
vi jamás ni con anteojos.
Le confesó entonces, con palabras que se le rompían como
platos, que no veía las nubes ni el humo del guiso; que el rostro de los
hombres se le había vuelto una idea; que el mundo era ahora una carta sin
tinta. Pero lo que de verdad le apretaba el pecho no era tropezar con las
piedras, sino no poder escribir a Dulcinea ni leer las cartas que ella, en su
infinita misericordia, le enviaba desde el reino de los sueños.
—¿Cómo amaré, si no puedo escribir “te amo” con la mano
temblorosa? ¿Cómo sabré que me ama si no leo su letra, que es como verla
caminar?
Sancho carraspeó. Tenía respuestas prácticas para casi todo,
menos para el dolor ajeno.
—Señor, el amor no se lee con los ojos, sino con lo que uno
se juega el pellejo. Pero entiendo el apuro. Sin cartas, el corazón se queda
analfabeto.
Decidieron entonces emprender camino. Don Quijote, terco
como lanza, juró que no se quedaría encerrado a oscuras. Sancho, sensato a
ratos, propuso ir a Francia, a la casa-museo de un tal Louis Braille, hombre
que había hecho hablar a los puntos.
—¿Puntos que hablan? —preguntó el caballero, frunciendo un
ceño que nadie vio—. Si hablan, que digan verdades.
El viaje fue largo. Don Quijote caminaba contando pasos como
quien reza, y Sancho le narraba el paisaje con exageraciones útiles.
—A la izquierda hay un campo tan verde que hasta da hambre. A la derecha, un molino que hoy no parece gigante, pero no me fío.
—Descríbeme las nubes —pedía Don Quijote—, aunque mientas un
poco.
—Son como ovejas que se olvidaron del pastor —respondía
Sancho—. Blancas y desordenadas, como mis pensamientos.
En Francia, la casa-museo olía a madera vieja y a futuro.
Les hablaron del niño Louis, que perdió la vista y ganó el mundo. Les pusieron
en las manos un papel sembrado de puntos. Don Quijote pasó los dedos,
desconfiado.
—Esto no es escritura —sentenció—. Es un mapa de estrellas
caídas.
—Pues esas estrellas leen —dijo Sancho—. Y sin pedir permiso
a los ojos.
Don Quijote no se ilusionó de inmediato. Se enfadó un poco,
que era su manera de tener miedo.
—He nacido para letras largas y palabras con bigote —gruñó—.
¿Qué será de mis cartas, reducidas a hormigas?
Sancho, sorprendentemente serio, respondió:
—Será lo mismo de siempre, señor. Amor en otro traje.
Además, dicen que hay tecnologías nuevas: voces que leen, máquinas que escriben
solas, cacharros que hablan más que yo.
Don Quijote soltó una risa seca que acabó en suspiro.
—No temo a aprender —dijo—. Temo a olvidar quién soy. Si mi
mano no dibuja las letras como antes, ¿seguiré siendo caballero?
Le enseñaron a leer un nombre. No el suyo. “Dulcinea”.
Tardó. Sudó. Se equivocó. Pero cuando sus dedos reconocieron el orden secreto
de los puntos, lloró en silencio, como lloran los valientes.
—Sancho —murmuró—, estas letras no se ven, pero se sienten.
Como ella.
De regreso a España, el trayecto fue distinto. Don Quijote
caminaba más erguido. Ya no pedía que le describieran todo. Tocaba el aire y
sonreía. Por las noches, Sancho lo oía practicar, punto a punto, palabra a
palabra, como quien reza una novena al tacto.
Al llegar, se sentaron bajo un árbol que el caballero no
vio, pero reconoció por el rumor de las hojas.
—Sancho —confesó al fin—, no quiero engañarte. Estoy
totalmente ciego.
Sancho tragó saliva.
—Ya lo sabía, señor.
—Pero escúchame bien —continuó—. Estoy ciego de amor. Y ese
mal no se cura con vista. Se aprende a leer con las manos, con el pecho, con la
vida entera.
Sacó una carta. No tenía tinta. Tenía puntos. Sancho no supo
leerla, pero supo sentirla.



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