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domingo, 26 de julio de 2020

EL BRAILLE: UN PUNTAZO EN EL CONFINAMIENTO.

Llevamos demasiado tiempo encerrados en casa por culpa de una pandemia que asola al mundo entero. No podemos ir de compras, ni acudir a tertulias o eventos sociales que antes nos permitían relacionarnos con los demás. Hace unos meses no teníamos tiempo para ver  televisión, llamar a un familiar interesándonos por su salud, jugar con los niños… 

Ahora, ese tiempo nos sobra. Sin embargo, las vías para comunicarme con la gente en la distancia me  resultan frías, aburridas. Las voces sintéticas de mi ordenador me molestan.  Prensa y televisión ofrecen una desmesurada información con cifras horrendas de fallecimientos y contagios. NO  soporto los what ssap que me envían con vídeos y fotos que no puedo ver, carentes de textos,  y muchas veces, con bromas de mal gusto. Pero, ¿cómo puedo llenar estos días de soledad obligada? Mi mente está oscura.

De repente, un gran genio llamado Louis Braille, inventor del sistema de lectoescritura táctil que lleva su nombre, basado en tan solo 6 puntos en relieve, y que sacó del  analfabetismo a tantos invidentes hace ya dos siglos.. A mi me trae un rayito de luz:

-¿Dónde están aquellos libros que compraste con la colección “Un libro al mes”, y que dejaste de leer cuando te sumergiste en las tecnologías? ¿Y esas carpetas que contenían tus más íntimos recuerdos de niñez y adolescencia?

¡Bravo, gracias a las sugerencias de Louis, tendría material para entretenerme durante varias semanas! Inmediatamente desconecté la televisión y el ordenador. Subí al trastero de mi vivienda y en cuestión de minutos tuve en mi habitación aquellas cajas llenas de libros, carpetas y recuerdos. Cogí un CD con música relajante y lo dejé sonar.

¡Oh, la carta de Julia, maestra rural del pueblo! Con el alfabeto en mano, ella sola se auto enseñó el Método Braille, y me envió esa misiva que tantos quebraderos de cabeza me dio, al colegio donde yo estudiaba. Intenté leerla en varias posiciones: vertical, horizontal, en perpendicular, pero era imposible descifrarla. Estaba escrita con regleta y punzón, y tras varios intentos llegué a la conclusión de que Julia la había escrito de izquierda a derecha, tal como los videntes escriben con bolígrafo. Por lo que yo debía leerla al contrario, de derecha a izquierda. Tarea ardua con final feliz, ya que pude enterarme de su contenido.

En este otro compartimento, están los interminables ejercicios matemáticos, con ecuaciones y cálculos que Tomás, mi profesor, me ponía,  y que siempre fracasaba con ellos. Ahora pienso cómo sería hacer esos ejercicios en un ordenador. Seguramente, me resultaría imposible, porque no soy capaz de manejar las filas, celdas y columnas del Excel.

Sigo pasando el dedo por los folios, y una carcajada sale de mi garganta resonando en la estancia. ¡Aquí está el trabajo de Pepe! Se lo puse cuando tuve la dicha de ocupar una plaza como monitora de Braille en la Agencia de la ONCE de Cuenca. Debía escribir 5 palabras relacionadas con el código... Una vez acabó me tendió la hoja: Punzón, papel, Perkins, regleta y…

 -Falta una –le dije sonriendo-.

Leyó varias veces las palabras, insistiendo en que estaban correctas, pero ante mi tenaz negativa volvió a entregarme el papel para que  lo repasara de nuevo.

-Falta una. Aquí pone “puta”.

El sonrojo de Pepe y las risas de todos nosotros hicieron historia. Involuntariamente nos regaló uno de los mejores ratos del curso de aprendizaje y yo decidí guardarme aquella reliquia tan divertida.

Sigo leyendo papeles, y a la vez, escucho la música que me reconforta cada vez más. Entonces me doy cuenta de que si en lugar de leer en Braille lo hiciera con los sintetizadores de voz, sería imposible escuchar ambas cosas a la vez, ya que el sonido entraría por el mismo altavoz. El Braille y la tecnología no están reñidos; si van de la mano, si se complementan debidamente, pueden ayudar más y mejor a la persona ciega para formarse, y ser más autónoma. Pero hay situaciones, como la que ahora comento, en que debemos optar por un sistema u otro.

  ¿Y esto, qué es? ¡Ay, aquí está mi librito con los misterios y la letanía del Santo Rosario! Así titulé a ese manuscrito hecho por mí misma con la ayuda del dictado de mi madre. Lo acaricio y tomo la firme decisión de rezarlo cada día después de haber salido a la terraza para aplaudir con toda mi fuerza a los sanitarios y personal que velan por nuestra salud y lo dan todo por salvarnos del coronavirus.

Levanto la tapa de mi reloj, y en su esfera marcada en Braille, leo: las ocho menos cinco. A esta hora, lo dejo todo. Aplaudo con ganas durante un buen rato. Vuelvo al dormitorio y, rosario y libro en mano, rezo fervientemente pidiendo a Louis que interceda ante el Padre, por todos esos enfermos que sufren, familiares que temen por sus vidas, personal sanitario que aun a riesgo de contagiarse, no cesa en su labor incansable para curarlos.

Termino mis oraciones; ceno cualquier cosa, y me meto en la cama con un libro escrito en Braille que ya he leído cien veces, pero leeré otras tantas. Una paz interior, un sosiego como jamás he sentido antes, me invade por completo. Y ahora, más que nunca, comprendo cuánto significa el sistema de lectoescritura para mí. Gracias a él, que siempre está a nuestro lado en los momentos que más lo necesitamos, me siento acompañada por los amigos, profesores, familiares y personajes de los libros a través de la lectura.
Y poco a poco, me voy quedando dormida. Espero gozar de dulces sueños.

Un abrazo muy fuerte.

María Jesús Cañamares Muñoz

viernes, 1 de septiembre de 2017

VUELTA AL MUNDO DE LOS SONIDOS: SEGUNDA PARTE.

Hoy 20 de Agosto y al resguardo de estos calores excesivos que nos acompañan todo el verano, me dispongo a despejar la incógnita que dejé en el reportaje anterior: LLEGÓ EL GRAN DÍA Y SE ME IMPLANTÓ EL COCLEAR EN EL OÍDO DERECHO! Se cumplió mi sueño.


El 6 de Abril de este año, yo acudí a la consulta del doctor Polo a una más de las revisiones que conllevaba la primera intervención. Me acompañaba Rosa Tejado, una de las mejores guías-intérpretes con que cuenta ASOCIDE. También tenía que verme Auxi, la logopeda. En las pruebas que ella me hizo las dos nos desplomamos al notar cómo el implante del oído izquierdo había ganado todo el terreno al audífono del derecho. Ella, discretamente, me dejó caer una frase que me puso en alerta: ¿No querías implantarte del derecho? Yo no supe qué decir y ella, siguiendo con su diplomacia me dijo que el doctor me diría…. ¡Y vaya si me dijo! Al otorrino Polo le gustan las sorpresas, no sé si tanto darlas como recibirlas, el caso es que nada más entrar a su consulta me preguntó si quería operarme del derecho. YO no pensaba que iba a ser tan rápido ni tan fácil y me pilló totalmente en blanco como así se lo dije, pero este hombre es la fuerza  y el ánimo personificados. Entre él y la intérprete que no dejaba de tirarme de la mano para que decidiera, me plantaron el papel de consentimiento delante y casi sin respirar firmé. Lo que más me preocupaba en esta ocasión era que no había contado con mi familia y mi hermana era la que tenía ahí la peor parte porque fue ella quien se comió las dos intervenciones mías. NO quería fastidiarles las vacaciones, pensaba que igual no les apetecía que se hiciera tan pronto… Pero mi sorpresa fue cuando al comunicárselo a todos aplaudieron la idea y aún me animaron más. Rosa y mi hermana me acompañaron al preoperatorio. Y el día 4 de Julio se llevó a cabo la intervención sobre las ocho y
media de la mañana. Eché de menos a mis padres, que por su avanzada edad y circunstancias de salud no podían acompañarme, aunque gracias a las nuevas tecnologías siguieron todo el proceso con la ayuda del gran Óscar, hijo de una de mis primas que les enseñaba las fotos enviadas por mi hermana a través del whatsap. ¡Gracias, Óscar, lo hiciste estupendo!

Esta vez ha sido algo diferente, matices que quizá para los lectores no tengan importancia pero se han dado: Primero, el corte o rasurado del cabello fue mayor y a mí me desagradó mucho ver tanto trozo pelado. Ya casi no se nota pero en principio no me gustaba. Luego al tenerme que quitar el implante izquierdo para poder ponerme el apósito, pasé un día incomunicada totalmente, algo que me aterra de verdad ya que me sumo en la más completa noche al no ver nada ni oir. MI hermana debió aburrirse de lo lindo todo el día sin hablar con nadie porque conmigo hablaba lo justo con el dactilológico, pero solo lo justo, primero porque yo no tenía gana de hablar, contrariamente a lo que me pasó la
vez anterior que estaba perfectamente. Y segundo porque a ella se le hace muy pesado emplear el dactilológico, pues por la falta de práctica no coge agilidad en los dedos.
La habitación también era algo distinta, esta vez no hubo sofá, sino un sillón normal donde ella tuvo que pasar la noche sin apenas poder descansar. Eso sí: un silencio, una tranquilidad, una limpieza que daba gusto.

La intervención y reanimación también duró más que la primera, algo así como cinco horas; ¿la razón? El doctor Polo dice con ironía que fue porque yo no quería despertarme y la reanimación costaba un poco. Lo cierto es que tuve muy pocos dolores pero también los mareos o vértigos fueron más fuertes y duraderos que la otra vez.

La visita de nuestra prima Ana Belén y de Víctor, su marido, nos alegraron un poco ese día aburrido y mi prima –que sí tiene mucha agilidad con el dactilológico- hablaba conmigo aunque yo no acababa de espabilarme. NO tuve problema alguno con la anestesia, no, eso era un sueño tonto, parecía que tuviera retraso o falta de sueño porque en los días sucesivos también pasaba mucho tiempo durmiendo. Al día siguiente de la intervención se me dio el alta. Y a los diez días me quitaron los 17 puntos que me habían dado, sin un solo dolor y ya casi sin mareos. Los doctores se asombraron de lo bien que me estaba cicatrizando la herida y todos estábamos muy contentos de haber tomado la decisión.

El 4 de este mes me conectaron el aparato externo al interno y la sensación no fue tan placentera como la vez anterior, no puedo decir porqué, pero la voz de Auxi que fue la primera que oí no me gustó nada. Entiendo a algunas personas, sí, pero algo más me está costando que la primera vez. Ahora estoy en periodo de adaptación, ella me lo tiene que ir regulando y todos esperamos con ilusión sacarle todavía más provecho que al primero ya que mi pérdida auditiva por el lado derecho es menor y la memoria más reciente.

  NO puedo, no quiero terminar este relato sin dar las gracias más sinceras a todo el equipo médico que ha hecho posible estos dos milagros: desde los doctores (los mismos que la vez anterior), pasando por la logopeda, hasta enfermeras/os de quirófano y de planta que se han portado maravillosamente.

Pero también y sobre todo, gracias a ti, hermana, por estar ahí, por pasar malos ratos conmigo, por la paciencia que has tenido de no dejarme sola un momento.

Gracias a mi cuñado Alejandro, y a mis dos tesoros más preciados: mis sobrinos SANDRA Y ÁLVARO que habéis hecho de enfermeros, de logopedas, y me habéis animado en todo momento para decidir qué hacer con mi audición. En estos casos, no solo la intervención y la logopedia son fundamentales para sacar el máximo provecho al implante; la familia, el entorno es algo crucial ya que si ellos no nos hablan ni tienen paciencia para soportar esta situación de tenernos que repetir las cosas constantemente, el implante no vale la pena.

Gracias también a Rosa Tejado, guía-intérprete, compañera de caminos y amiga. Por su fuerza y constancia para todo lo que me ha hecho falta.

Gracias a Nadia y al doctor Alfonso Denia por su paciencia y apoyo, por sus consejos acertados que aunque en su día desdeñé ahora agradezco profundamente porque espero con ilusión llegar a oir y entender al menos al ochenta por cien como con el izquierdo, y si puede ser, algo más.


Esta ha sido la crónica del milagro. La vuelta al mundo de los sonidos que ahora es todavía más real.

sábado, 27 de mayo de 2017

MONÓLOGO EN LA BIBLIOTECA

Un día más me sumerjo entre las estanterías de la biblioteca pública Fermín Caballero de Cuenca para homenajear a los miles de volúmenes que alberga en distintos formatos para satisfacer los gustos y necesidades de sus fieles lectores.  Como forma de homenaje escojo un monólogo que mantengo conmigo misma aunque si alguien me escucha hablar sola, no sentiré ningún pudor. Porque hablar de un
libro es hablar de un amigo, y hablar de un amigo es un orgullo, más aún cuando nos acompaña y comparte  los buenos y malos momentos de nuestra vida.
       Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre; para mí, el mejor amigo es un libro. El discapacitado vive a veces con la apatía y el aburrimiento. Tiene que llenar sus muchas horas de asueto de alguna forma. Pero, en cualquier caso, siempre hay un libro que leer. El libro es nuestro mejor maestro de la vida… Es innegable

Que leyendo siempre salimos más enriquecidos, puesto que nos documentamos. Sobre geografía, si leemos libros de viajes, sobre historia, si versan sobre esta materia, o simplemente sobre la condición humana si escogemos obras
testimoniales o de cualquiera de las relaciones humanas. Leyendo siempre se
aprende algo y nos cultivamos un poco más.

Debo aclarar que debido a mi condición de sordo-ciega, el acceso a la cultura y la información me lo permite siempre un libro en sistema Braille. Los puntos que rodean los dedos de mis manos se convierten en hermosas palabras, éstas en fantásticos paisajes, en buenas y malas gentes que pasan por las páginas del libro como si de un tren se tratase. Mis libros son amor,  odio y cansancio, malestar y bondad, pero sobretodo es una aventura, una especie de Everets que tengo que escalar poco a poco.  Y con el cansancio de haber terminado la lectura de un libro, sin casi darme tiempo a descansar, pongo  las manos sobre otro manojo de puntos, que en palabras vuelven a meterse por los poros de mis dedos, que llegan hasta esa zona de nuestro ser donde las lágrimas, la alegría, las sonrisas se construyen y elaboran. Donde las risas salen a flor de piel.

    Un libro, es un ser vivo, su exterior, las tapas, tienen la suavidad de la piel de una mujer, su interior, Contiene el pensamiento del autor, y lo escrito en él, es el alma, ya que nunca muere, vive en el tiempo infinito.

Durante mucho tiempo hubo dudas sobre la capacidad de lectura de los no videntes y más aún, de los sordo ciegos. Incluso  una revista (Matilda Ziegler Magazine for the Blind) anunciaba en 1907 la publicación de su primer número, perfecto ejemplo de aquella desconfianza Decían textualmente:

“Prescindiremos de muchos poemas y cuentos en los que se alude al sentido de la vista. Tampoco publicaremos alusiones a los claros de luna, los arco-iris, la luz de las estrellas, las nubes o los bellos paisajes, porque solo sirven para acentuar la percepción que tiene el ciego de su aflicción”.

               ¿Aflicción?                ¿Por qué?

Me revelo contra esta idea; me río de quienes piensan que la sordoceguera impide el acceso al universo mental de los que ven y oyen. El silencio y la oscuridad que, según dicen, me encierran, abren mi puerta, de una manera mucho más hospitalaria, a una infinidad de sensaciones que me distraen, me informan y me divierten. Mis tres sentidos restantes y fieles, (tacto,  olfato y  gusto, me guían fielmente en mis excursiones a esa región limítrofe de la experiencia que se encuentra a las puertas de la ciudad de la Luz. Todos tenemos ojos cuando abrimos un libro. Dejamos de lado nuestros problemas, el mundo oscuro donde vivimos, y nos metemos de lleno  en el papel de un personaje. Me pongo en su lugar, veo con sus ojos, escucho con sus oídos, vivo
sus penas o alegrías. Las casas, la gente, las montañas, el mar, las estrellas, las nubes, el arco-iris, todo se presenta ante nuestros ojos, lo imaginamos de una manera parecida al resto de la gente. Por eso es tan importante para nosotros tener los libros a mano.

    La información va del braille a la punta de los dedos, y de ahí a nuestra mente. Un libro, de cualquier índole, es, para mí, una fuente inagotable de conocimientos, a la que estamos invitados todos a beber de ella.
  
     Un libro es cada uno de los infinitos y distintos frutos que proporciona el árbol del bien y del mal que se alza, espléndido, en el mismísimo centro
del paraíso terrenal del conocimiento, plantado, regado, abonado y mantenido por el único y verdadero Dios del saber que adopta nombres y más nombres que vamos archivando en nuestra memoria.
  
    He entrado, sin miedo, en este edén y he sucumbido siempre a la tentación de la maravillosa serpiente de la sabiduría a fin de probar el máximo número posible de los frutos de ese árbol para no hablar por boca ni gusto de otro.

   Por absurdo que parezca, a veces, como lectora enamorada del libro mantengo interminables diálogos con ellos, y hasta los imagino riñéndome porque no los entiendo, riéndose de mí porque lloro con sus historias tristes; o incluso diciéndome con cierta sorna en sus letras:

    -Algunos nos tenéis miedo... Otros, aversión.... muchos, indiferencia... otros gastáis dinero en nosotros, nos vendéis o compráis para llenar armarios enteros y presumir de cultura y luego  nunca entráis en nuestros entresijos.

      Pero, ay de aquellos que, de repente, superando casi el pico más alto del mundo, la fosa más profunda del Pacífico, se arriesga a tocarnos, abrazarnos,
abrirnos, destrozarnos, y finalmente... como una aventura que nunca imaginó, leernos”.
Y no tengo más remedio que darles la razón.

Sí, yo fui una de las afortunadas que, sacando fuerzas de flaqueza, probablemente en alguna tarde de verano, casi sin planteármelo, con más calor que sueño, en alguna de aquellas siestas que la abuela nos recomendaba echar, cogí de las estanterías  un hermoso volumen rojo, donde pondría algo así como "Las aventuras de..." de algunos que luego fueron casi mis compañeros de juego, batalla, amores y guerras: Miguel Strogoff, Robinson Crusoe, o el mismo Silver de la Isla del  tesoro. O, acaso fuese Peeter Pan... Quizá los poemas de Antonio machado… No puedo recordar quién fue el primero, pero sí he volado con los libros hasta lo más alto del mundo, he navegado en tantas procelosas aguas, que casi se me juntan mi realidad con sus letras.

Los libros son esas hermosas Cajas de Pandora que, bajo sus gruesas pastas, sus hojas de presentación y título, nos conducen  por lo que queremos ser, por lo que no sabemos ser, por aquellos mundos imaginados e inimaginables que algún día, cuando de este mundo salgamos, querremos  recuperar.
            
     Algo que sí tengo para mí, es que la eternidad estará llena de vosotros, queridos y hermosos libros. la eternidad existe porque existen los libros que no podemos leer en vida.  Somos eternos, porque no podemos perdernos tanta belleza oculta en los volúmenes.

        Tengo claro que cuando parta de este mundo seguiré leyendo porque el cielo es como la Gran Biblioteca de Alejandría, donde un mosaico de laberintos, formado por cientos y cientos de publicaciones, desde el poema de Gilgamesh, papiros egipcios, libros griegos, hasta nuestra literatura más cercana, todo está allí, y es para disfrutarlo durante toda la eternidad.

Seguiría filosofando sobre vosotros, hermosos
volúmenes que ilustráis esta acogedora biblioteca; pero las normas hay que respetarlas y la bibliotecaria nos ordena salir, pues ha llegado la hora de cerrar.

-Tranquila, -le digo hablando en voz alta por primera vez desde que entré aquí-, ya me voy, pero déjame despedirme de todos estos tomos que tantas horas de mi soledad han llenado, y que he acariciado con mis manos.


Dame tiempo para prometerles que mañana y pasado y todos los días de mi vida volveré a visitarlos, acariciarlos, y en mis despedidas les mostraré mi gratitud infinita por haberme dado su saber, les diré  una y otra vez cuánto significan para mí, y finalmente les diré cómo los quiero.

jueves, 31 de marzo de 2016

LA SORDERA NO ES EXCUSA

Hola, mi gente: sé que os tengo un tanto abandonados, pero no me voy a excusar; porque mi ausencia se debe en parte a mi sordera, en  la que he retrocedido (o adelantado, según se mire) mucho. Pero como digo, la sordera no es excusa para cumplir con mis obligaciones, y una de ellas es trabajar este blog del que se encarga Javi más que yo.
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Os cuento así resumido, que ya me he hecho el implante coclear. Después de pensármelo muchísimo y pasar todo el miedo y la incertidumbre que os podáis imaginar, el 16 de Octubre fui operada por un equipo de otorrinos altísimamente cualificados. En el hospital Ramón y Cajal de Madrid, a las 12 de la mañana, se me colocó el aparato interno, y al día siguiente me dieron el alta.

Mi familia estuvo en todo momento a mi lado, mis amigos desde la distancia, me animaron hasta la saciedad, afirmando alguno que “ellos sabían que iba a salir todo redondo” como así ha sido.

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Yo  no lo tenía tan claro pero sabía que era el último recurso para no quedarme sorda completamente. Como os digo, me dieron el alta al día siguiente de operarme, a la semana, me quitaron todos los puntos y me dejaron el oído izquierdo –el implantado- incomunicado, lo pasé mal porque con mi audífono derecho no alcanzaba apenas a entender a la gente pero no había otra que aguantar un mes hasta que pudieran conectarme el implante, ya que la parte interna, que consta de 24 cablecitos o electrodos, se comunica con la externa por un imán.

Al mes de operada fue el gran día y el gran momento: ni de casualidad esperaba nadie que desde el primer instante pudiera yo entender ni palabra; nos equivocamos. La logopeda me empezó a hablar y yo repetía lo que ella decía, eso sí, fallaba mucho pero entendía también mucho más de lo normal. 

La emoción nos embargó a mí, a la logopeda y a mi hermana quien en todo momento ha estado a mi lado, y a la que desde aquí quiero agradecer su inestimable ayuda, su desvelo en el hospital conmigo, sus viajes acompañándome a todas partes dejando su trabajo y su casa por venir conmigo. Sin el apoyo de mi familia, el implante no habría llegado a mi cabeza.

Resultado de imagen de TRABAJO LOGOPEDAPues como iba diciendo, al ver que las entendía, mi hermana y la logopeda no sabían dónde poner los ojos, aquella experiencia jamás la olvidaremos ninguna de las tres, supongo. 

Cuando llegué a su casa, mis sobrinos y cuñado, como cosa nueva, dejaron sus estudios  o sus descansos dedicándome muchísimas horas a hablar conmigo, a pesar de que a mi sobrina, a mis padres y a mi cuñado no los entendía apenas. 

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Desde siempre a quien mejor entiendo es a mi hermana y sobrino pero no será porque los demás no se esforzaron mucho, dando como fruto el que ahora mismo ya entiendo a prácticamente toda la familia, y lo mejor es que oigo sonidos que hace medio año era impensable oírlos. Por ejemplo disfruto como loca del canto de los pájaros, oigo el tictac del reloj, etc.

Quiero compartirlo con todos vosotros, mis queridos seguidores, mi querida familia biológica y virtual; quiero agradeceros a todos vuestra constancia y tesón por animarme, y ahora soy yo quien animo a todos los que padezcan hipoacusia, a que se sometan a esta maravilla maravillosa porque nada tienen que perder y quizá mucho que ganar.


A todo el equipo médico que me operó; a mi otorrino de toda la vida Dr. Alfonso de Denia, a Nadia su enfermera, a toda mi familia y amigos: ¡GRACIAS INFINITAS!

domingo, 28 de abril de 2013

REPORTAJE: VIDAS AL LÍMITE (7)


... necesita ayuda para comer. Se relaciona perfectamente con todos los utensilios. Encuentra la copa o el pan sin dificultad, rastreando sutilmente el mantel con la punta de los dedos. Yolanda me explicaría más tarde que se trata de una persona exquisita en sus habilidades sociales. Su grado de autonomía es muy alto en todos los órdenes de la vida cotidiana. Cuando viajan, por ejemplo, tras explorar juntos la habitación del hotel y el cuarto de baño, para que se haga una idea espacial del lugar en el que se encuentra, se queda solo y es muy raro que necesite la ayuda de su guía intérprete.

Nunca, en los numerosos viajes que han realizado juntos, ha ocurrido nada digno de reseñar, excepto una vez que se lavó la cabeza con el suavizante del pelo.

Después de la comida, y tras resolver alguna cuestión de última hora en el despacho, Daniel dio fin a su jornada laboral y emprendió el regreso a casa seguido a cierta distancia por mí, que quería ver cómo se manejaba solo en la calle. (Conviene añadir que durante los últimos dos meses, y debido a unas obras llevadas a cabo en su domicilio, Daniel y familia habían vivido en un apartamento de alquiler situado en otro barrio. Aquel viaje era, pues, el primero que realizaba tras esa larga ausencia).

En alguna ocasión me había comentado que era "rápido, pero prudente", lo que comprobé mientras observaba su forma de moverse por las calles, tanteando el terreno con el bastón, que utilizaba como una terminación nerviosa de sí mismo. En los pasos de cebra lo levantaba, colocándolo de forma perpendicular a su cuerpo, y, tras esperar unos segundos, cruzaba. En los semáforos, sacaba una tarjeta de comunicación y esperaba a que alguien lo tomara del brazo para llevarle al otro lado. Alcanzó así, sin problemas, la parada del autobús, cuyos alrededores exploró antes de colocarse bajo la marquesina. A continuación sacó una tarjeta que sostuvo durante unos segundos a la altura de su cabeza y en la que ponía: "Sordociego. Ayúdeme a subir. Bus 174". Al poco, una señora le tocó el brazo en señal de que había establecido contacto con el exterior. Daniel guardó la tarjeta y esperó pacientemente la llegada del autobús, cuyo conductor, que le conocía, dijo a la señora que le había ayudado a subir: "No ve ni oye. Tiene mérito".

El sordociego ocupó un asiento libre cerca del conductor y yo me situé unos metros detrás de él, tomando nota de su imperturbabilidad, de su saber estar, de su aplomo. Se desenvolvía sin miedo (sin pánico, cabría decir) a que en las tarjetas de comunicación no hubiera en realidad nada escrito, o a que la parada del autobús estuviera vacía, o a que al avanzar el pie, en lugar de encontrar el suelo, hallara un abismo" En el entorno del sordociego, me explicaría, suceden constantemente cosas en las que está implicado sin saberlo. En cierta ocasión, y por culpa de la entrada de un garaje cuya ausencia de acera le despistó, acabó en medio de la calle, rodeado de coches que, según le contaron después, no hacían más que pitar.

"Para alcanzar un mínimo de autonomía -dice- se necesita tener un gran control sobre uno mismo, serenidad, capacidad de deducción y de resolución de problemas, y mucho sentido práctico.

Provisto de esas cualidades, que son el resultado de una conquista personal, Daniel se levanta cada día de la cama, se asea, elige la ropa (le preocupa mucho la combinación de colores) y se enfrenta con una elegancia sorprendente a una dura jornada de trabajo que es también (o me lo parece a mí) una dura jornada existencial. Un día le pregunté si ...