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lunes, 21 de noviembre de 2022

TÚ Y YO

 

Aquel día, al llegar al trabajo, mi corazón dio un vuelco. No sé por qué, intuía que desde ese momento, tendría que pasar por situaciones insospechadas. Recorrer caminos tortuosos y cumplir una misión nada fácil.

 Los encontré en el jardín. La primavera se hallaba en todo su esplendor, exhibiendo flores variadas, mariposas de mil colores que iban y venían en busca del néctar. Pájaros que trinaban haciéndose la competencia en un concierto sin igual.

 Era el mes de mayo y ellos jugaban a la margarita. A la vez que la deshojaban, decían: “me quiere; no me quiere”, La última hoja acabó en “me quiere” y sus rostros irradiaban una felicidad que contagiaba. Hacía meses que se les veía pasear de la mano por cualquier lugar, del Centro de limitados intelectuales, o de fuera. Y si una se paraba cerca de ellos, solíamos escuchar a Julián susurrarle a ella: “Tú y yo…”

 Esa tibia mañana, llegaron más lejos. Él la cogió por la cintura y comenzó un intercambio de besos apasionados, ojos cerrados, lenguas que recorrían la boca amada… Y en las pausas que se concedían para tomar aliento, le decía, estrechándola cada vez más fuerte contra su pecho:

 -Tú y yo tenemos que luchar sin descanso para defender nuestro amor. Para que nuestras vidas acaben juntas. Tú y yo tenemos que casarnos, por derecho y por amor... Ella afirmaba con la cabeza, pero en el fondo tenía miedo. Miedo al futuro, a las familias, a la Sociedad que siempre los miraba de forma “diferente”. Antes de que pudieran llegar a algún punto peligroso, me acerqué y traté de llevarlos junto al resto de compañeros. No sabía cómo hacerles ver que ese comportamiento delante de todo el mundo, no era correcto. Hice acopio de valor y les amonesté: -¿Pero qué hacéis? ¿No sabéis que os mira la gente y eso no está bien? Se miraron, y después, me miraron a mí. En aquella mirada había indignación, reproche. Pero nadie habló. Se separaron y cada cual ocupó su lugar en el taller. Julián pintaba maravillosos cuadros que luego vendía. Primero creaba bustos o figuras desgarbadas, pero con el tiempo adquirió una maestría inusitada que le llevó a exigirse cada vez más

perfeccionamiento, y sus pinturas llegaron a ser expuestas junto con los de pintores famosos de Cuenca y provincia. Anna se extasiaba mirando aquellos lienzos e intentaba convencerlo para que le dedicara uno, pero él siempre le decía que para ella, nunca pintaría el lienzo adecuado porque la figura más valiosa era ella misma. Sin embargo, a mí me daba la sensación de que ocultaba algo. Sospechaba que en algún lugar, él estaba preparándole una gran sorpresa. Anna en cambio, se decantaba por la cocina. Su madre siempre la vio como al resto de hijos, preparándola  a conciencia para que, si deseaba independizarse del hogar familiar, supiera desenvolverse lo mejor posible en la vida.

 Desde que comenzara el horror de la guerra con Rusia, madre e hija vinieron a refugiarse en España dejando a su padre y 3 hermanos más combatiendo por la patria. Estaban en casa de unos parientes y mientras

la madre trabajaba en lo que le ofrecían, la joven practicaba la gastronomía española, unas veces en casa de esos parientes y otras aquí en nuestros talleres, siguiendo un programa de capacitación. Así, a veces, nos traía dulces confeccionados con esas manos tan finas con que la Naturaleza la había dotado, haciendo las delicias de compañeros y profesionales. Cada manjar era para ella un triunfo, y para Julián, la ocasión perfecta de abrazarla y besarla con el pretexto del agradecimiento. De la familia del chico, poco sabíamos. El padre jamás vino para interesarse por sus progresos y la madre desapareció del hogar nada más darlo a luz. Era hijo único, y a sus 25 años, no sabía lo que era una familia unida y sólida. Para el día siguiente, habíamos preparado una visita al Parque Natural del Hosquillo. A las 10 de la mañana, todos estábamos subiendo al autobús que nos había de llevar. En el móvil de Julián se escuchaba a todo volumen la canción de José Luis perales titulada Entre tú y yo, y, naturalmente, todos sabíamos la intención con que la puso. “Entre tú y yo Hay algo más que la complicidad Hay algo más que amor, hay algo más…” Anna se había sentado a su lado, más guapa y feliz que nunca. Lucía un vestido rosa con escote y sin manga, y sujetaba su cabello, negro como el azabache y largo hasta cubrirle la cintura, con una diadema del mismo color. Se cogieron de la mano y así recorrieron los 46 kilómetros que duraba el viaje; riendo, cantando, hablándose con los ojos más que con la boca… ¡NO he visto jamás almas más compenetradas y cuerpos más ardientes que los suyos! Me causaban a la vez, miedo y admiración. Al legar, visitamos el Museo, el Centro de Interpretación, y los distintos recintos donde se ven animales en condiciones de semilibertad (ciervos, muflones, lobos. Por último vimos  el Rincón del Buitre y el recinto de los osos. Y fue aquí, donde tuvimos un espectáculo divino que recordaríamos por muchos años. Las hembras estaban en celo y los
machos las cortejaban con mucha galantería y tesón. Por un instante, observamos cómo uno de ellos había logrado conquistar a su osa y ésta se rendía ante tales requiebros de amor. Los chicos no se movían; aquel mágico momento querían grabarlo en sus retinas para siempre. Las chicas se miraban y  hacían señas, dirigiendo todos los ojos hacia Anna y Julián, que en ese instante se abrazaban con verdadera pasión y sonreían con complicidad no disimulada. Uno de mis compañeros se acercó y me dijo:

 -Estos chicos no saben comportarse. Algún día tendremos problemas si no los separamos. Esto lo tenemos que arreglar tú y yo.

No le respondí. En el fondo pensé que no había nada que arreglar. Que los jóvenes estaban enamorados y eso solo a ellos concernía. Sin embargo, les hablaría en cuanto llegáramos a clase al día siguiente. No hizo falta esperar. En el coche, de regreso a casa, Julián me pidió sentarse junto a mí, y sin preámbulos, me lo confesó:

-Lo siento, profe. No me porté bien para algunos. Pero no me arrepiento. Tú tienes pareja e hijos, ¿verdad? La pregunta me sorprendió, pues de sobra conocían ellos a mi familia. Pero afirmé con la cabeza ya que la emoción no me dejó hacerlo con la boca.

-Y supongo que también os besáis, os acariciáis… Y hacéis el amor…

 -¡Basta!, esas cosas son íntimas y no se preguntan. Ve a pintar y procura que no sepan todo esto tu padre o la madre de Anna. Tampoco aquí en el cole, porque podría costaros algún castigo.

 -¿Por qué? ¿No tenemos derecho a ser felices, a enamorarnos, casarnos y formar nuestra familia como vosotros? ¿Acaso somos diferentes? No, no lo somos. Ella es tan mujer, tan hembra como tú; yo, tan hombre, tan macho como tu pareja. La diferencia la marca esta sociedad que no nos quiere admitir en su seno. Pero aquí estamos, y no tendréis más remedio que aceptarnos con nuestras carencias y virtudes, igual que nosotros encajamos las vuestras.

Ante tales argumentos, quedé anonadada, sin encontrar una respuesta que al menos aplacara ese momento de indignación fundada. Pero, ¿qué podía yo hacer en favor suyo? Estaba sola ante el peligro. No quería enfrentarme a las dos familias sin el apoyo de la Dirección o de algún compañero. Pero tenía claro que sí quería ayudar a estas dos almas que merecían ser felices. Pedí al chico que repitiera todo el discurso anterior para grabarlo en mi móvil y poderlo mostrar después en caso necesario. Le prometí ayudarles y ambos nos separamos amistosamente. Aquella noche, y las diez siguientes, no me fue posible conciliar el sueño, dándole vueltas a mi misión en favor de aquella pareja que día tras día, imploraban comprensión y apoyo. Hasta que, tras mucho pensar, decidí la fecha perfecta para mi papel en la comedia:

El día en que Anna cumplía 22 años, habría de intentar darle el mejor regalo de toda su vida.

Lo que no podía yo sospechar, era que ellos, también me darían la mayor sorpresa que jamás he recibido. Julián y yo habíamos reservado un lugar romántico para la fiesta.

Al padre de él le pedimos que, por una vez en la vida, fuera con su hijo a una entrevista muy importante para él. Alguien le quería dar una oportunidad laboral y era conveniente acompañarlo al encuentro. ¡Solo yo sé cuánto le rogué hasta convencerlo!

La madre de Anna, sabiendo que era el cumpleaños de su hija y que yo quería hacerles un regalo, no puso objeción alguna a ir con ella al Piola Gastrobar que se hallaba en la calle San Pedro del Casco Antiguo, en una de las zonas más históricas de la ciudad.

 Allí nos encontramos a eso de las 8 de la tarde. Anna tenía mala cara, aunque su alegría y vitalidad eran las de cada día. Julián en cambio, estaba serio, grave, como si fuera a tomar una gran determinación. Los padres se saludaron con un apretón de manos tras ser presentados por sus respectivos hijos. Y yo fui efusivamente abrazada y besada por todos, como si con esos abrazos quisieran pagar mi apoyo a los chicos. NO me olvidé de aquella nota de audio que un día grabé sin que él lo notara. Si hacía falta, con ese audio quedaría todo dicho y yo me libraría de tener que enfrentarme a los progenitores de ambos para reivindicar su perfecto derecho de unirse para siempre. La cena fue exquisita; el lugar, de encanto. Y al terminar el postre, Julián entregó a Anna una caja enorme. Intuí que albergaría el lienzo que ella tanto deseaba que le dedicara. Pero al desenvolverlo, la decepción fue tan grande, que al verla reflejada en mi cara, todos rieron a carcajadas. Por fin, de aquella caja tan desmesurada, salió… ¡un precioso anillo de prometida! Al verlo, ambos padres protestaron a la vez:

 -¿Qué significa esto, hijo? ¿Crees que tú puedes mantener y cuidar a una chica? ¿No tenemos ya bastante contigo y en tus condiciones?

 La sangre me hervía de rabia e impotencia. Esperé el turno de la madre de Anna antes de hablar yo.

 -¿Pero estáis locos? ¿Cómo se os ocurre que…

 No le dejé acabar. No pude más y saqué el teléfono, mostrándoles el audio con la voz del chico, quien  estaba poniéndole el anillo a su amada tranquilamente. Al escuchar unas razones tan llenas de lógica, y ver una tenacidad grande por parte de la pareja, el padre de él se levantó del asiento, y con respeto pero sin aprobar aquella relación, quiso marchar. Entonces Anna, sujetándolo por un brazo con dulzura, le suplicó que esperase algo más. Cedió. Ella me miró, y con un gesto de la mano, señaló su vientre.

 -Vamos a la catedral, profe.

 -Está cerrada –le respondí-.

 -No importa, Dios escucha bien, aunque las puertas no se abran. Y yo tengo algo que decirle. Al llegar a la Catedral, la joven se abrazó a su novio y le dijo:

 -Cariño: dentro de siete meses ya no seremos “tú” y “yo”. Seremos tres: yo, tú y él o ella.

Seguía con una mano en las entrañas, y aquella fue para todos la mayor alegría y sorpresa, que podíamos recibir. La vitoreamos,  abrazamos, acariciamos su abdomen en busca de la certeza. Pero aún no se notaba ninguna señal de que allí se estaba formando otra vida. En ese instante, todos nos preguntamos a la vez cómo y dónde habría pasado. Si la pareja lo sabía, nada dijeron. Lo único que pudimos saber fue que ese nuevo ser que vendría al mundo en pocos meses, había sellado su amor; había conseguido demostrar al mundo que nadie es diferente, que todos podemos, con ayudas o sin ellas, cumplir los retos más difíciles que la vida nos ponga. Ellos montarían un negocio que llevarían entre ambos, una empresa de catering que el joven montaría con sus ahorros y donde Anna mostraría las habilidades culinarias. Su madre cuidaría al bebé mientras llegaba la edad de escolarización, y después, se uniría a la empresa para trabajar.

 Y yo… Yo les dejo con el enorme orgullo de ser testigo y partícipe en esta preciosa historia de amor, que nos debería dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Por qué los llamamos  “diferentes”?

María Jesús Cañamares Muñoz



lunes, 5 de septiembre de 2022

LA FARSA DEL AMOR

Sucedió en Paracuellos de la Vega, hace ya varios años. Y todavía lo recuerdo como si acabara de acontecer.

Antes de que comenzara la siega de la mies, mi primo había anunciado su boda. Yo recibí aquel anuncio con escepticismo y sin ilusión. No tenía claro si lo mejor sería unirse a Patricia, o seguir bajo las faldas de mi tía. Las dos tenían unos caracteres fuertes, les encantaba organizar las vidas ajenas, eran criticonas y trataban de manejarlo como si fuese una marioneta. El muchacho se parecía a su padre: dócil, cariñoso, responsable… Y amaba a su madre pero también a la que había elegido como futura esposa. Mil veces quedó entre las dos en alguna de sus trifulcas, y siguiendo mi consejo, las dejó enzarzadas sin decantarse por ninguna. Pero en esas ocasiones, Patricia pasaba a la furia y no se dejaba ver en varias semanas, hasta que él, condescendiente y humilde como siempre, le rogaba una cita para la reconciliación. Ocurría una y mil veces, y yo les animaba a optar por la decisión definitiva.

-Así no podéis vivir siempre. O decidís uniros, o separaros. Sabes que si te unes a una, deberás separarte de la otra, pero tienes ya 35 años y la vida pasa rápidamente.

Por fin parecían decididos a dar el paso...

Mi tía se negó a ser la madrina, delegando el privilegio en la menor de mis hermanas, pues solo dio a luz a un hijo. No me pareció buen comienzo esta postura pero nada pude hacer para evitarla. Era una mujer férrea en sus decisiones y no se le podía rebatir porque para todo tenía argumentos. Ella, como todas las madres, prefería lo mejor para su hijo. Y según decía, lo mejor era una carrera profesional que le permitiera vivir desahogadamente, y una esposa “fina”, con estudios y modales, no como ésta, “de pueblo”, sin porvenir alguno… Pero mi primo era de raíces muy arraigadas y tenía bien claro que no saldría de su lugar de origen ni de esos campos queridos y cuidados por sus manos.

El padrino, sin embargo, acompañaría en ese día tan especial con todo
orgullo, a su hija mayor. Mi primo y él se compenetraban a la perfección, ayudándose mutuamente en las tareas agrícolas. Pasaban largas horas jugando al tute en el bar del pueblo. Aquilino vio con buenos ojos aquel casamiento, que seguramente, le daría después varios nietos a los que consentir y malcriar a sus anchas. O eso pensaba él…

Su mujer, la señora Rosario, siempre se mantuvo bajo un respetuoso silencio, porque entre mi tía y ella había buena sintonía, pero le dolía en lo más hondo de su ser, la animadversión que ésta sentía hacia su hija sin razón aparente.

Patricia era de complexión fuerte, robusta, entrada en carnes. Con nariz puntiaguda, ojos pequeños y cara ancha. Sus manos denotaban buena disposición para trabajar en entornos rurales y tareas domésticas. Mi tía decía, con sorna, que le daba un susto al miedo debido a su fealdad física.

El noviazgo de Carlos y Patri transcurría tranquilo, sin prisas, con mil altibajos. Nos unía a los tres una estrecha relación desde niños, y muchas veces era yo su confidente o paño de lágrimas.

Habían decidido dar el paso, y teníamos que prepararles la despedida de solteros. Las amigas, hermanas y primas de la novia, la celebraríamos en el salón de actividades del centro de día. Adoración, la alcaldesa, nos lo cedió sin vacilaciones, a condición de dejarlo tan pulcro como nos lo entregó. Por la tarde teníamos preparada para la joven una sesión de relax a cargo de la especialista que contratamos, y una gran exposición de vídeos y fotos desde que ella nació, hasta la actualidad. Con sus más íntimos amigos, familiares, e incluso, con su futuro marido. Fotos y vídeos que la transportarían a sus vivencias de niñez y juventud. Gran trabajo nos costó aquel montaje, pero estábamos seguras de que sería algo imborrable en la memoria de la chica.

Los amigos y parientes de mi primo decidieron hacer la despedida en un lugar secreto del que jamás nos informaron. Por la noche, todos juntos, bailaríamos al son de una disco móvil que llegaría al salón para acabar la fiesta. Ninguno sospechaba –o al menos no lo hicieron notar- que sabían lo que les estábamos preparando. Pero nosotras sí conocíamos que a Patricia no le gustaba nada el lujo ni los alborotos, así que decidimos una despedida lo más sobria pero bonita posible.

A la hora acordada, decoramos una carreta con peluches, globos y un gran cartel donde estaban fotografiados los futuros esposos. Nos dirigimos a casa de la novia para subirla en ella y pasearla, entre risas y vítores, hasta la ermita de la Virgen de Gracia. Al abrirnos la puerta y ver todo aquello, la chica no pudo evitar correr hacia la casa con el rostro completamente colorado. De poco le sirvió, porque entre todas, la sacamos a la fuerza y en volandas. Le vendamos los ojos y aseguramos que la llevábamos a un convento. Quedó en el vehículo envuelta en todos aquellos simulacros de órganos genitales masculinos. Ella lo supo a través del tacto, porque privada de visión, no hacía más que extender las manos y tocar todo aquello.

Al llegar, lo primero que hicimos fue encaminarnos hacia el caño del Humilladero para refrescar nuestros cuerpos. Le quitamos la venda y la dejamos en la más absoluta indecisión. Ella intuyó que debía zafarse de nosotras si no quería ser empapada de agua. Era la chica muy ligera de piernas a pesar de sus kilos demás, por lo que no fue nada fácil seguirla a la carrera por aquellos campos llenos de follaje y arbustos.

Ya cansadas de correr y retozar, nos dirigimos hasta la Virgen de Gracia, para pedirle que la futura esposa fuese muy fértil y dichosa. Ella sentía un fervor ardiente por nuestra Imagen y rezó durante varios minutos. Me daba la sensación de que más que por su felicidad, oraba para que mi tía se quitase del medio y no fuera un constante obstáculo en su matrimonio. Quizá la Virgen de Gracia hiciera ese milagro… ¡quién sabe!

El mediodía llegó, y con las dos de la tarde marcadas en el reloj, deshicimos el camino hacia el pueblo para comer. Las mesas ya estaban adornadas con panes eróticos, manteles y servilletas de dibujos igualmente excitantes. La comida fue frugal, no queríamos empachos que luego impidieran a patricia gozar de su tarde de relax y emociones, además, andábamos con el tiempo muy justo.

En la sobremesa hubo bromas para todos los gustos, brindis y buenos deseos para los futuros cónyuges. Pero me pareció que Patricia no se acababa de sentir bien. Comió muy poco, apenas habló y miraba constantemente su teléfono móvil, que, al parecer, no sonó una sola vez en el transcurso del día. Normalmente, entre mi primo y ella se cruzaban al menos cuatro llamadas diarias, pero hoy, ni una sola vez hablaron. No quise preguntar nada para evitar que las demás notaran nuestra desazón y traté de animarla e invitarla a la sesión de relax que ya era inminente.

Las nueve de la noche marcó el reloj del salón cuando acabó el
constante chorro de diapositivas y vídeos que a todas nos hicieron recordar tiempos de mucha felicidad, y llorar emocionadas. Nadie tenía hambre y decidimos preparar el salón para el baile, retirando mesas y sillas. En dos minutos, solo quedaba una de las mesas en la que dejamos las viandas que habíamos pretendido cenar. Unos cuantos panes que habían sobrado de la comida, fiambre, sándwiches variados y algunas latas o litronas con espumosa cerveza.

Las horas seguían pasando, la música sonando, y allí no aparecía varón alguno, por lo que bailamos solas dos, tres, diez melodías. En el ambiente había inquietud y extrañeza porque no era así como pensábamos acabar el evento. Nadie decía nada pero los manjares y bebidas estaban intactos en su lugar.

Por fin, sobre las dos de la madrugada, se oyeron voces masculinas, y mucho ruido. No podíamos pensar sino que los hombres traían unas copas demás y alguna broma de muy mal gusto para nosotras. Para Gema. Pero alguien se nos adelantó impidiéndonos el paso. ¡Era el novio! Venía hacia mí, con cara de súplica. Mi corazón pareció partirse en mil pedazos. En un susurro, él me explicó:

-Prima, se acabó. No voy a casarme.

-¿Cómo? ¿Pero qué estás diciendo? ¿Ha sucedido algo?

Me abrazó y respondió sereno:

-Ha sucedido. He descubierto que el amor es una farsa. NO existe el amor eterno, y prefiero no jurarlo, ni por Patricia, ni por mi madre, ni por nadie.

No supe, no pude responder. Un nudo que me ahogaba se formó en mi garganta. Pero mi primo acudió a socorrerme. Se dirigió a todos, y contó su descubrimiento. La novia no se inmutó, en contra de lo que yo esperaba. Y con toda tranquilidad, resignada más que dolida, nos dijo:

-Los descubrimientos también se celebran, así pues, ¡que siga la fiesta!

 María Jesús Cañamares Muñoz

viernes, 26 de agosto de 2022

SEÑORA DESPOBLACIÓN

 Llevo varios años rechazando una posible visita que en absoluto deseo.
Pero me veo impotente para enfrentarme sola a ella.

La señora Despoblación quiere venir a Fuentenava de Jábaga –como ha ido a tantas zonas de España- y vaciar aún más el país. Corre a toda prisa, avanza a ritmo vertiginoso. Y si no le ponemos freno… ¡llegará!, ya lo creo que llegará. Navalón, Sotoca, Fuentesclaras, Villar del Saz y Jábaga forman esta mancomunidad que intenta por todos los medios no dejar marchar a nadie más.

Me duele, y mucho, cuando oigo a los nativos del lugar, que marcharon a la gran ciudad en busca, al parecer, de mejor porvenir decir: “¿pero qué tiene el pueblo que no tenga la ciudad?”, “¿cómo podéis vivir ahí si no hay nada?” O aquello de: “Yo me ahogaría en el pueblo sin alicientes, ni tiendas, discotecas o zonas de ocio”…

Entonces les recuerdo que de aquí eran sus abuelos, padres, y demás familiares, e, incluso, ellos mismos.

Que nuestros antepasados fueron campesinos, ganaderos, obreros de la construcción, resineros, tejeros. Que vendimiaban, segaban la mies o arrancaban los cardos a golpe de horquilla y hoz con las manos llenas de callos por sujetar las empuñaduras de aquellas herramientas. Y nunca abandonaron su lugar de origen ni se quejaron de tedio porque el poco tiempo libre del que disponían, lo pasaban en la taberna jugando al dominó y la baraja; o, simplemente, acudiendo al salón del baile para mover el cuerpo al son del acordeón que tocaba Eloy el ciego en las tardes de fiesta.

Y todos eran felices; estaban tan estrechamente unidos a sus raíces, que nunca oí a ninguno de ellos decir que se sentía solo.

Es ahora, en pleno 2022, cuando, con todas las comodidades de las

capitales; las nuevas tecnologías que ya se han instalado en los hogares más sencillos, la moderna maquinaria que trabaja rápida y eficaz, sustituyendo a la mano del hombre. Es ahora cuando _sí oigo a la gente decir que se siente solo. Los niños ya no ocupan las calles con sus juegos y algarabías como en el pueblo, sino que van a los parques de la ciudad, custodiados por abuelos, niñeras o padres; y a ser posible, sin mezclarse con otros niños desconocidos. Los jóvenes ya no juegan a las cartas; móviles y tabletas son sus compañeros inseparables. Los mayores no salen a la puerta de casa dispuestos a charlar con los vecinos; permanecen en sus hogares consumiendo el tiempo con lo que la televisión les quiera dar. Las consultas de psicología o psiquiatría; clínicas de fisioterapia o quiromasaje, están a tope con pacientes aquejados de dolencias causadas por el estrés. EL pequeño comercio se ve obligado a cerrar debido a que Internet y los grandes almacenes se encargan de facilitar las compras y llevarlas a domicilio. Esa es la vida en la ciudad, mientras los pueblos, paradójicamente, se van llenando de casas reformadas o nuevas pero solo habitadas en los meses estivales cuando la gente huye del calor de las capitales.

Entonces, ¿qué tiene el pueblo que no lo hay en la ciudad?:

Calidad de vida, tranquilidad, y, sobretodo, tus, nuestras raíces más profundas.

Por eso, quejarse de que los pueblos no tienen nada es hablar por hablar.

Mirando al futuro, no muy lejano, me vienen a la mente varias preguntas, pero ninguna respuesta:

Cuando los robots se encarguen de limpiar oficinas y hogares.  Los ordenadores más potentes incorporen herramientas que les permitan pensar por nosotros y tomar decisiones. Cuando no haya necesidad de viajar para descubrir el mundo porque con solo un clic lo tengamos todo en pantalla. Cuando esos mismos ordenadores se encarguen hasta de servirnos la compra en casa o se conviertan en profesores de nuestros hijos sin necesidad de llevarlos al cole, ¿qué haremos con los jóvenes en edad laboral? ¿Cómo y dónde emplearemos nuestro tiempo bien sobrado? NO tendremos excusa para abandonar estos lugares de encanto.

Porque en Jábaga por ejemplo, tenemos una estupenda Asociación de vecinos gestionada por jóvenes ilusionadas que todo el año procuran buscar actividades de entretenimiento. Han logrado revivir algunas de las tradiciones perdidas, como puede ser el canto de los mayos. O la procesión del Cristo el 14 de Septiembre. En febrero invitaron a todo el pueblo y a sus visitantes a vestirse de Carnaval y recorrer las calles. Han conseguido que una profesional ofrezca clases de yoga durante todo el año de forma que tu cuerpo se ponga en forma en el momento que quieras.  Y cada Navidad, invitan a los reyes magos a venir a esta localidad para dejar regalos a los más pequeños.

Puedes traer invitados a la casa rural Figueroa, que cuenta con las más modernas instalaciones de las que puede presumir un local de este tipo: piscina climatizada, sala de fiestas, etc. O disfrutar del polideportivo con campo de fútbol, pista de pádel, piscina para verano… También puedes endulzar tu vida y darle gusto al paladar con los chocolates producidos de forma artesanal en su fábrica Abadía de Jábaga…

En Villar del Saz, en pleno invierno, disfrutaréis de sus fiestas en honor a San Sebastián. Con bailes regionales y el regalo de un panecito de caridad y vino. Y como son muy fiesteros, también el 15 de Agosto te invitan a celebrar la Asunción de la Virgen, que al ser en verano, cuenta con mayor afluencia de público.

Tienes un mercadillo artesanal medieval donde podrás comprar productos hechos por los propios vecinos.

Y si vienes a Navalón puedes visitar, la Iglesia de la Natividad de Nuestra Señora, del siglo XVIII con una gran pila bautismal gótica y de piedra.  Una imagen de la Inmaculada Concepción de Olot. También el 15 de agosto celebran sus Fiestas patronales la Asunción de la Virgen. Y el 15 de mayo: San Isidro. Igual que Jábaga, honran el 14 de septiembre Al Santísimo Cristo.

Sí, ya sé que te preocupa el tema Internet. Tranquilo, tranquila.  Porque recientemente hemos instalado fibra óptica en toda la Mancomunidad para que no te falte de nada.

En Jábaga, su núcleo, Hay escuela infantil, parques, salas de ocio, biblioteca… Y con todo esto, ¿todavía piensas que no hay nada?

Puede que sea ilusa pero aún concibo la esperanza de que Fuentenava de Jábaga vuelva a llenarse de habitantes dispuestos a no dejar entrar a la señora Despoblación.

María Jesús Cañamares Muñoz



sábado, 20 de febrero de 2021

CARTA DE UN PERRO GUÍA A SU DUEÑO

Amado amo:

¿Conoces la dimensión y formas de este verbo precioso? A mí nadie me enseñó a conjugarlo, aprendí a lo largo de mi corta vida, y te lo voy a demostrar.

Yo amo, sobre todo a ti que cada día me das el alimento, la compañía, y todo lo que necesito. Amo a los niños que se me acercan y me acarician; la vida a tu lado prestándote mis servicios para que te sientas protegido de todo obstáculo. 

Yo he amado, a mis progenitores, entrenadores, a todo aquel con quien he convivido.

Yo amaba, creo que desde el vientre materno, ya


conocía el amor, amaba y ansiaba ser amado. 

Yo había amado, dicen que antes de esta vida hemos pasado por otra anterior, y no me cabe duda, de que yo ya había amado antes, este gran instinto que es el amor, lo llevo dentro de mí desde hace mucho tiempo.

Yo amé, al taxista que me negó la entrada en su coche; a ese niño que me dio una patada como si fuera un balón. Amé porque mi carácter noble me impide odiar.

Yo hube amado, porque el amor es lo más grande del ser, lo más bonito de uno mismo.

Yo amaré, te amaré hasta el infinito, sin esperar nada a cambio. Daré mi vida por la tuya, mi amo.

Yo habré amado, lo verás, cuando el Ser Supremo nos separe, sabrás cuánto te hube amado, y yo sentiré la satisfacción de haberme entregado por completo a ti.

Yo amaría, así sería si volviera a nacer y a ponerme a tu servicio o al de cualquier otra persona. volvería a daros todo mi amor.

Yo habría amado, NO lo dudes, aunque no fuese correspondido. 

Yo ame, solo deseo que el amor permanezca siempre intacto en todos nosotros, que yo ame y los demás también. 

Yo haya amado, cuando el mundo se acabe y nos reencontremos en otro mejor, ¡será hermoso ver que hemos amado!

Yo amara, me lo pidieron mis padres y maestros. Y así lo estoy cumpliendo firmemente.

Yo hubiera amado, aunque nadie me lo hubiese pedido, aunque no me amen a mí.

Yo amase, si mis antepasados te hubiesen conocido, si supieran que estoy a tu servicio, estoy seguro de que me habrían exigido que te amase. Porque amándonos unos a otros la vida no conocería maldades ni mentiras; odios ni rencores...

Yo hubiese amado, en cualquier lugar, a cualquier semejante. Porque el amor no tiene edad, ni tiempo, ni tamaño, no distingue razas, ni sexo, es ciego e inconmensurable.

Yo amaré, amaré y amaré, siempre te seré fiel mientras me quede vida.

Yo hubiere amado, y te hubiere dado lo que más necesitas: independencia. Lucharé cada día por ti y por mí sin descanso.


Ama: ¡exígemelo cada vez que me enfade!; cada vez que me descuide en mis labores... Soy todavía joven y puedo despistarme.

No ames, es en lo único que no obedeceré. Porque pedir a alguien que no ame, sería decirle que odie. Jamás me pidas esto, sería mi mayor castigo.

Solo quiero decirte que vivo amando y moriré habiendo amado.

Seudónimo: Randy

domingo, 5 de agosto de 2018

Ayer fue un día lleno de emociones fuertes para mí.



Algunos dirán: ¿y a mí, qué me cuentas? Vale, pero otros tantos convendrán conmigo en que esto no se vive todos los días, y cuando sucede merece ser contado o compartido.

Por una parte, ayer hizo un año que me conectaron mi segundo implante coclear. Y aunque los resultados no van tan deprisa como con el primero, he de seguir dando gracias a Dios, al Doctor Denia y Nadia por
ponerme en las manos del equipo de implantes del hospital madrileño Ramón y Cajal, y a mi hermana que fue la que en ambas ocasiones se tragó todo el marrón del acompañamiento a las pruebas, las noches en el hospital ayudándome, las curas que me las ha hecho ella solita, el rollazo de leerse las instrucciones para poderme explicar el manejo de los aparatos, el sacrificio de quedarse todos en casa mientras yo lo he necesitado...

NO puedo por menos de dar las gracias a todos por haberme posibilitado
el oir mejor.

Y siguiendo con las emociones, ayer disfruté de un día inolvidable de reencuentros con un amigo de mi infancia al que hacía más de cuarenta
años que no veía.

Dicen que los verdaderos amigos son aquellos que están en lo bueno y lo menos bueno, y así es porque este reencuentro se lo debo a otros grandes amigos que, cada uno a su manera, lo han hecho posible. Vicente Parra y Amparo, su mujer, no pararon en
todo un año hasta lograr traer a Jábaga a Suso y su esposa, pues sabían las ganas que yo tenía de verlos y recordar aquellos tiempos tan felices. Y Carlos y Mari Luz, amigos comunes de todos nosotros, nos brindaron su casa, donde comimos, charlamos y reimos durante ocho horas que jamás olvidaré. 

¡Gracias a todos por este regalo tan precioso!

Os quiero.

sábado, 27 de mayo de 2017

MONÓLOGO EN LA BIBLIOTECA

Un día más me sumerjo entre las estanterías de la biblioteca pública Fermín Caballero de Cuenca para homenajear a los miles de volúmenes que alberga en distintos formatos para satisfacer los gustos y necesidades de sus fieles lectores.  Como forma de homenaje escojo un monólogo que mantengo conmigo misma aunque si alguien me escucha hablar sola, no sentiré ningún pudor. Porque hablar de un
libro es hablar de un amigo, y hablar de un amigo es un orgullo, más aún cuando nos acompaña y comparte  los buenos y malos momentos de nuestra vida.
       Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre; para mí, el mejor amigo es un libro. El discapacitado vive a veces con la apatía y el aburrimiento. Tiene que llenar sus muchas horas de asueto de alguna forma. Pero, en cualquier caso, siempre hay un libro que leer. El libro es nuestro mejor maestro de la vida… Es innegable

Que leyendo siempre salimos más enriquecidos, puesto que nos documentamos. Sobre geografía, si leemos libros de viajes, sobre historia, si versan sobre esta materia, o simplemente sobre la condición humana si escogemos obras
testimoniales o de cualquiera de las relaciones humanas. Leyendo siempre se
aprende algo y nos cultivamos un poco más.

Debo aclarar que debido a mi condición de sordo-ciega, el acceso a la cultura y la información me lo permite siempre un libro en sistema Braille. Los puntos que rodean los dedos de mis manos se convierten en hermosas palabras, éstas en fantásticos paisajes, en buenas y malas gentes que pasan por las páginas del libro como si de un tren se tratase. Mis libros son amor,  odio y cansancio, malestar y bondad, pero sobretodo es una aventura, una especie de Everets que tengo que escalar poco a poco.  Y con el cansancio de haber terminado la lectura de un libro, sin casi darme tiempo a descansar, pongo  las manos sobre otro manojo de puntos, que en palabras vuelven a meterse por los poros de mis dedos, que llegan hasta esa zona de nuestro ser donde las lágrimas, la alegría, las sonrisas se construyen y elaboran. Donde las risas salen a flor de piel.

    Un libro, es un ser vivo, su exterior, las tapas, tienen la suavidad de la piel de una mujer, su interior, Contiene el pensamiento del autor, y lo escrito en él, es el alma, ya que nunca muere, vive en el tiempo infinito.

Durante mucho tiempo hubo dudas sobre la capacidad de lectura de los no videntes y más aún, de los sordo ciegos. Incluso  una revista (Matilda Ziegler Magazine for the Blind) anunciaba en 1907 la publicación de su primer número, perfecto ejemplo de aquella desconfianza Decían textualmente:

“Prescindiremos de muchos poemas y cuentos en los que se alude al sentido de la vista. Tampoco publicaremos alusiones a los claros de luna, los arco-iris, la luz de las estrellas, las nubes o los bellos paisajes, porque solo sirven para acentuar la percepción que tiene el ciego de su aflicción”.

               ¿Aflicción?                ¿Por qué?

Me revelo contra esta idea; me río de quienes piensan que la sordoceguera impide el acceso al universo mental de los que ven y oyen. El silencio y la oscuridad que, según dicen, me encierran, abren mi puerta, de una manera mucho más hospitalaria, a una infinidad de sensaciones que me distraen, me informan y me divierten. Mis tres sentidos restantes y fieles, (tacto,  olfato y  gusto, me guían fielmente en mis excursiones a esa región limítrofe de la experiencia que se encuentra a las puertas de la ciudad de la Luz. Todos tenemos ojos cuando abrimos un libro. Dejamos de lado nuestros problemas, el mundo oscuro donde vivimos, y nos metemos de lleno  en el papel de un personaje. Me pongo en su lugar, veo con sus ojos, escucho con sus oídos, vivo
sus penas o alegrías. Las casas, la gente, las montañas, el mar, las estrellas, las nubes, el arco-iris, todo se presenta ante nuestros ojos, lo imaginamos de una manera parecida al resto de la gente. Por eso es tan importante para nosotros tener los libros a mano.

    La información va del braille a la punta de los dedos, y de ahí a nuestra mente. Un libro, de cualquier índole, es, para mí, una fuente inagotable de conocimientos, a la que estamos invitados todos a beber de ella.
  
     Un libro es cada uno de los infinitos y distintos frutos que proporciona el árbol del bien y del mal que se alza, espléndido, en el mismísimo centro
del paraíso terrenal del conocimiento, plantado, regado, abonado y mantenido por el único y verdadero Dios del saber que adopta nombres y más nombres que vamos archivando en nuestra memoria.
  
    He entrado, sin miedo, en este edén y he sucumbido siempre a la tentación de la maravillosa serpiente de la sabiduría a fin de probar el máximo número posible de los frutos de ese árbol para no hablar por boca ni gusto de otro.

   Por absurdo que parezca, a veces, como lectora enamorada del libro mantengo interminables diálogos con ellos, y hasta los imagino riñéndome porque no los entiendo, riéndose de mí porque lloro con sus historias tristes; o incluso diciéndome con cierta sorna en sus letras:

    -Algunos nos tenéis miedo... Otros, aversión.... muchos, indiferencia... otros gastáis dinero en nosotros, nos vendéis o compráis para llenar armarios enteros y presumir de cultura y luego  nunca entráis en nuestros entresijos.

      Pero, ay de aquellos que, de repente, superando casi el pico más alto del mundo, la fosa más profunda del Pacífico, se arriesga a tocarnos, abrazarnos,
abrirnos, destrozarnos, y finalmente... como una aventura que nunca imaginó, leernos”.
Y no tengo más remedio que darles la razón.

Sí, yo fui una de las afortunadas que, sacando fuerzas de flaqueza, probablemente en alguna tarde de verano, casi sin planteármelo, con más calor que sueño, en alguna de aquellas siestas que la abuela nos recomendaba echar, cogí de las estanterías  un hermoso volumen rojo, donde pondría algo así como "Las aventuras de..." de algunos que luego fueron casi mis compañeros de juego, batalla, amores y guerras: Miguel Strogoff, Robinson Crusoe, o el mismo Silver de la Isla del  tesoro. O, acaso fuese Peeter Pan... Quizá los poemas de Antonio machado… No puedo recordar quién fue el primero, pero sí he volado con los libros hasta lo más alto del mundo, he navegado en tantas procelosas aguas, que casi se me juntan mi realidad con sus letras.

Los libros son esas hermosas Cajas de Pandora que, bajo sus gruesas pastas, sus hojas de presentación y título, nos conducen  por lo que queremos ser, por lo que no sabemos ser, por aquellos mundos imaginados e inimaginables que algún día, cuando de este mundo salgamos, querremos  recuperar.
            
     Algo que sí tengo para mí, es que la eternidad estará llena de vosotros, queridos y hermosos libros. la eternidad existe porque existen los libros que no podemos leer en vida.  Somos eternos, porque no podemos perdernos tanta belleza oculta en los volúmenes.

        Tengo claro que cuando parta de este mundo seguiré leyendo porque el cielo es como la Gran Biblioteca de Alejandría, donde un mosaico de laberintos, formado por cientos y cientos de publicaciones, desde el poema de Gilgamesh, papiros egipcios, libros griegos, hasta nuestra literatura más cercana, todo está allí, y es para disfrutarlo durante toda la eternidad.

Seguiría filosofando sobre vosotros, hermosos
volúmenes que ilustráis esta acogedora biblioteca; pero las normas hay que respetarlas y la bibliotecaria nos ordena salir, pues ha llegado la hora de cerrar.

-Tranquila, -le digo hablando en voz alta por primera vez desde que entré aquí-, ya me voy, pero déjame despedirme de todos estos tomos que tantas horas de mi soledad han llenado, y que he acariciado con mis manos.


Dame tiempo para prometerles que mañana y pasado y todos los días de mi vida volveré a visitarlos, acariciarlos, y en mis despedidas les mostraré mi gratitud infinita por haberme dado su saber, les diré  una y otra vez cuánto significan para mí, y finalmente les diré cómo los quiero.

jueves, 31 de marzo de 2016

LA SORDERA NO ES EXCUSA

Hola, mi gente: sé que os tengo un tanto abandonados, pero no me voy a excusar; porque mi ausencia se debe en parte a mi sordera, en  la que he retrocedido (o adelantado, según se mire) mucho. Pero como digo, la sordera no es excusa para cumplir con mis obligaciones, y una de ellas es trabajar este blog del que se encarga Javi más que yo.
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Os cuento así resumido, que ya me he hecho el implante coclear. Después de pensármelo muchísimo y pasar todo el miedo y la incertidumbre que os podáis imaginar, el 16 de Octubre fui operada por un equipo de otorrinos altísimamente cualificados. En el hospital Ramón y Cajal de Madrid, a las 12 de la mañana, se me colocó el aparato interno, y al día siguiente me dieron el alta.

Mi familia estuvo en todo momento a mi lado, mis amigos desde la distancia, me animaron hasta la saciedad, afirmando alguno que “ellos sabían que iba a salir todo redondo” como así ha sido.

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Yo  no lo tenía tan claro pero sabía que era el último recurso para no quedarme sorda completamente. Como os digo, me dieron el alta al día siguiente de operarme, a la semana, me quitaron todos los puntos y me dejaron el oído izquierdo –el implantado- incomunicado, lo pasé mal porque con mi audífono derecho no alcanzaba apenas a entender a la gente pero no había otra que aguantar un mes hasta que pudieran conectarme el implante, ya que la parte interna, que consta de 24 cablecitos o electrodos, se comunica con la externa por un imán.

Al mes de operada fue el gran día y el gran momento: ni de casualidad esperaba nadie que desde el primer instante pudiera yo entender ni palabra; nos equivocamos. La logopeda me empezó a hablar y yo repetía lo que ella decía, eso sí, fallaba mucho pero entendía también mucho más de lo normal. 

La emoción nos embargó a mí, a la logopeda y a mi hermana quien en todo momento ha estado a mi lado, y a la que desde aquí quiero agradecer su inestimable ayuda, su desvelo en el hospital conmigo, sus viajes acompañándome a todas partes dejando su trabajo y su casa por venir conmigo. Sin el apoyo de mi familia, el implante no habría llegado a mi cabeza.

Resultado de imagen de TRABAJO LOGOPEDAPues como iba diciendo, al ver que las entendía, mi hermana y la logopeda no sabían dónde poner los ojos, aquella experiencia jamás la olvidaremos ninguna de las tres, supongo. 

Cuando llegué a su casa, mis sobrinos y cuñado, como cosa nueva, dejaron sus estudios  o sus descansos dedicándome muchísimas horas a hablar conmigo, a pesar de que a mi sobrina, a mis padres y a mi cuñado no los entendía apenas. 

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Desde siempre a quien mejor entiendo es a mi hermana y sobrino pero no será porque los demás no se esforzaron mucho, dando como fruto el que ahora mismo ya entiendo a prácticamente toda la familia, y lo mejor es que oigo sonidos que hace medio año era impensable oírlos. Por ejemplo disfruto como loca del canto de los pájaros, oigo el tictac del reloj, etc.

Quiero compartirlo con todos vosotros, mis queridos seguidores, mi querida familia biológica y virtual; quiero agradeceros a todos vuestra constancia y tesón por animarme, y ahora soy yo quien animo a todos los que padezcan hipoacusia, a que se sometan a esta maravilla maravillosa porque nada tienen que perder y quizá mucho que ganar.


A todo el equipo médico que me operó; a mi otorrino de toda la vida Dr. Alfonso de Denia, a Nadia su enfermera, a toda mi familia y amigos: ¡GRACIAS INFINITAS!