miércoles, 1 de marzo de 2017

LECCIÓN JUSTICIERA PARA ADULTOS INSENSIBLES

El recreo se me pasó en un suspiro; teníamos media hora para almorzar, jugar, charlar, conquistar a alguna chica… Y como todo no podía ser al mismo tiempo opté por jugar un partido de fútbol, deporte que siempre me ha entusiasmado hasta el punto de posponer algunos quehaceres que, a juicio de los mayores, son mucho más importantes en la vida. 

Pero para mí no hay nada más apasionante que un partido de fútbol bien jugado, es decir, con la máxima ilusión y dedicación por parte de los jugadores y del entrenador. Y el de esta mañana ha sido tan interesante, tan entretenido, que cuando ha sonado el timbre de entrada al aula yo aún sostenía la pelota en mis manos con la esperanza de marcar el cuarto gol. 

Ni siquiera me había comido el bocadillo de jamón y queso que Luci la sirvienta me había preparado envuelto cuidadosamente en papel Albal para su mejor conservación. Lo miré con indiferencia, no tenía apetito y en clase no podía comerlo. Acabadas éstas, ya tenía en la mesa un par de platos calientes y una fruta para regalar a mi estómago, ¿qué haría pues con el bocadillo? 

Guardarlo para el día siguiente ni se me ocurriría, ¡qué asco, estaría malísimo!, dárselo a un compañero, menos todavía. Cada cual tenía el suyo; donarlo al primer mendigo que encontrara en el camino tampoco me seducía porque dice un refrán: lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie, y esto se aplica también a perros, gatos u otros animales que merodeaban por la zona, así que decidí tirarlo a un contenedor de basura. Al acercarme a él vi a un niño más o menos de mi edad, flaco como un fideo, que me escrutaba con ojos tristes.

-Si vas a tirar eso, dámelo, por favor, -me dijo casi con lágrimas.

-No puede ser, lo que no quiero para mí, no lo quiero para nadie. Si tienes hambre ven conmigo a casa y comerás lo que haya en la mesa.

El chico bajó los ojos y negó con la cabeza tratando de atrapar el bocadillo que yo lancé al contenedor.

-Eso está muy mal, -me reprochó en un lenguaje que denotaba no ser de este país-. Tú puedes permitirte tirarlos pero hay otras personas que ni siquiera pueden comprarse ese pan diariamente. Yo llevo 3 días sin probar más que un vaso de agua. Dámelo, o lo sacaré cuando tú te vayas. NO es la primera vez que lo hago.

-No me iré sin ti, de modo que calla y camina. ¿Dónde vives? ¿De dónde eres?

-Ucrania, muy lejos.

Cuando llegamos a casa, Luci intentó hacerme pasar sin mi acompañante. Mis padres estaban en viaje de negocios y nos dejaron solos. Le ordené que diera comida al chico y ella se negó rotundamente.

-NO tengo permiso de los señores, -me recriminó con altanería-, tú ya tienes el plato en la mesa pero este chico tendrá que marcharse por donde vino si no quieres llevarte una reprimenda, tú no lo conoces de nada, y si quiere comer, siempre hay restaurantes y bares donde quizá puedan darle sobras.

Al oir la palabra sobras, un golpe de sangre me subió del corazón a la garganta. ¿Qué era eso de comer sobras? ¿Ella las había comido en casa? ¡NO, jamás!, y eso que era del servicio doméstico, pero comía lo mismo que nosotros.

-¡Las sobras te las comes tú a partir de ahora mismo! –le grité indignado-; los señores no están pero está su hijo, quien dispone que le des comida a este chico, ¡co  mi  da!, ¿lo oyes? No sobras.

-Ya te he dicho que no tengo permiso. Cuando vengan tus padres se lo diré y verás qué regañina te van a echar. Y tú –gritó dirigiéndose al mendigo- sal de aquí ahora mismo o te tragas la escoba.

El niño salió corriendo, y yo tras él; ya en la esquina lo alcancé y le entregué mi hucha con los ahorros que tenía, no eran muchos pero creí que le darían para varios bocadillos. Al menos no comería sobras.

-Pásate por aquí dentro de un mes que ya estarán mis padres, les diré que eres mi amigo y seguro que no te faltará de nada.

Me abrazó con efusión y nos separamos. Una espinita se me había clavado en el corazón. ¿era justo que yo tuviera todos los caprichos que se me antojaran, que cada domingo fuera al club de deportes con “niños bien”, que pudiera ir a un prestigioso Instituto privado, que gastara ropa y calzado de marca, mientras ese pobre niño estaba comiendo inmundicias y vistiendo harapos? ¡NO, eso no era ni justo, ni lógico, ni siquiera permisible.

En el Instituto no podía comentar lo ocurrido porque mis compañeros se burlaban de mí y hacían comentarios soeces hacia los inmigrantes. 

En casa era raro el día que nos sentábamos tranquilamente padres e hijo para poder hablar, y cuando se daba la ocasión siempre salían temas como los planes para las próximas vacaciones, los suculentos beneficios de la empresa familiar o la visita que tendríamos que devolver a los señores X, que hacía tiempo nos visitaron a nosotros. 

Cada vez me disgustaba más todo este protocolo de visitas obligadas y contactos solo con gente adinerada. NO podía dejar de pensar en Andriy, aquel niño flacucho que hacía dos semanas pretendía comerse mi bocadillo después de estar dentro del contenedor de basura. NO había vuelto a verlo desde entonces y me preocupaba su situación. Permanecía en silencio sumido en mi tristeza mientras los demás niños reían por cualquier cosa. NO dormía, no comía apenas y mis padres empezaron a preocuparse seriamente, haciéndome todo tipo de preguntas que no sabía ni me atrevía a responder.

Una mañana de domingo, cuando salíamos de la Parroquia, una figurita delgada con cara pálida corrió hacia mí abrazándome efusivamente pero a la vez con temor:

-¡Andreiy, amigo, pero qué delgado estás! –grité de alegría devolviéndole el abrazo ante el asombro y cara de disgusto de mis progenitores-, ¿dónde te has metido desde que Luci te echó de casa?

Mis padres se miraron estupefactos sin entender absolutamente nada. Después sus miradas se dirigieron hacia mí retándome con sus ojos amenazadores. Seguidamente miraron con desprecio al chico, que inmediatamente retrocedió unos pasos e hizo ademán de alejarse. La ola de sangre que otrora se me había subido a la garganta ante la negativa de la sirvienta de dar comida a mi amigo, volvió otra vez a ahogarme por la forma en que mis padres afrontaban la situación. Me armé de valor y les repliqué:

-¿Porqué nos miráis así? Andeiy es mi amigo os guste o no. Y ahora que lo he reencontrado no estoy dispuesto a perderlo otra vez. De modo que…

Mi madre me tapó la boca con su mano adornada por anillos de oro; mi padre me cogió de la mano forzándome a seguirlos, pero yo grité aún más fuerte:

-¡Socorro, me hacéis daño, soltarme!

Andreiy, asustado al ver que varias personas corrían para tratar de tranquilizarnos, emprendió la huída calle abajo pero un policía lo atrapó.

Oí como le gritaba furioso.

-¡Por tu culpa; seguro que eres tú el causante de este desorden, ahora mismo vas al calabozo!

Logré desasirme de las manazas de mi padre y eché a correr tras el policía que llevaba al niño sujeto por el cuello. Y cuando lo alcancé, conté todo lo ocurrido con Luci y mi amigo, manifestando mi indignación por tanta injusticia con los pobres y más si eran
inmigrantes. Mis padres se habían unido a nosotros y habían oído mi relato. El policía pidió a Andreiy que confirmara la veracidad de la historia y el chico, avergonzado y cabizbajo afirmaba con la cabeza. La gente que pasaba por la calle se iba agolpando a nuestro alrededor al oir mis gritos cada vez más exaltado.

-No puede permitirse esta situación por más tiempo; es una vergüenza que en un país al que llamamos desarrollado, haya que ver cada día a cientos de mendigos buscando en los contenedores la comida que otros desperdiciamos o el cartón de nuestros paquetes para hacerse un techo bajo el que librarse de las inclemencias meteorológicas. ¿Acaso ellos no sienten, no ven, no oyen, no tienen las mismas necesidades de alimento, abrigo o educación que nosotros?

Todos me miraban afirmativamente pero nadie osaba hablar para darme la razón de viva voz. Ya casi sin fuerzas para seguir protestando contra esta tremenda discriminación social, miré a mi padre y me atreví a decirle:

-En casa hay sitio para Andreiy y lo sabes. Tienes dos opciones: nos lo llevamos con nosotros y das trabajo a su mamá como empleada; o me ves a mí buscando las sobras en los contenedores en compañía de esta familia.

-¡Eso sí que no; eso jamás! –protestó él casi llorando- MI hijo no comerá despojos mientras yo tenga una gota de sangre en las venas. Eres menor de edad y no puedes hacer lo que se te antoje sin nuestro permiso.

-Claro que no, ahora no puedo,  faltan todavía unos años para mi mayoría de edad, y será cuando cumpla mi palabra si antes no accedes tú a mi petición.

-No necesitamos más sirvientas, hijo; puedo aceptar que este chico se quede con nosotros pero de su madre no respondo –dijo mi padre condescendiente al fin.

-YO tengo la solución, papá, si me das permiso me encargaré de ella.

-¿Pero qué piensas tú hacer, malcriado? –vociferó mi madre al borde de una crisis nerviosa-, has sido siempre un mimado, has hecho lo que has querido, ¿qué pretendes ahora?-vamos a casa y te lo diré con calma, aquí sobra gente.

Volvimos a nuestro hogar con Andreiy que no daba crédito a lo que le ocurría; cuando vio su habitación toda llena de libros, con una cama limpia y mullida como jamás la había conocido, un escritorio donde podría hacer sus deberes, y un armario que yo iría llenando con la ropa y el calzado que me quedaba ya pequeño por estar mucho más nutrido que él. Estaba en una nube de felicidad, mientras yo redactaba un documento para luego depositarlo en el dormitorio de Luci.

“Señorita: a partir de mañana, queda usted fuera del servicio doméstico de esta casa. Las razones: Por altanería, desobediencia al señorito, falta de respeto a una visita y discriminación social. NO caben réplicas ni alegaciones. Se le entregará su último sueldo y tendrá dos días para preparar su equipaje y buscar otro destino.”.

Imité la firma de papá lo mejor que supe y llevé el papel a la mesita de la empleada. Cenamos, vimos un rato el televisor y nos acostamos todos tranquilamente.

A la mañana siguiente, las voces de mis padres y de Luci me despertaron sobresaltándome y haciendo que me tirara de la cama temblando de miedo pero decidido a aguantar el chaparrón y no ceder ante nada ni nadie que quisiera estropear mi plan.

-¿esto qué es, se puede saber qué has hecho? –inquirió mi padre con una severidad como nunca le había visto-.

-_Ésto_, papá, es una lección justiciera para adultos insensibles. _Ésto_ se lo ha ganado Luci por haber despreciado a Andreiy negándole un plato de comida. Y como supongo que se irá siquiera por no verme a mí la cara a partir de ahora, será la mamá de mi amigo quien la sustituya.

“¡Oooooh!”, fue la única respuesta unánime que oí, tras la cual, la silueta de Luci se perdió de mi vista para siempre.
  



lunes, 16 de enero de 2017

NUEVAMENTE: FELICES PASCUAS

Dicen que hasta San Antón, pascuas son; eso reza el
refrán, por lo que todavía podemos comer turrón y bebernos alguna copilla.

Y me dirijo a vosotros para recordar, precisamente, otra de las costumbres que lamentablemente ya se han perdido pero que se disfrutaron mucho en nuestro Jábaga querido: El día de San Antón, quienes tenían animales, principalmente burros o mulas, bajábamos a la ermita de San Roque, donde el Sacerdote
El párroco Ángel García Benedicto,
en la bendición de animales de 1980.En Cuenca.
Foto. José Luis Pinós.EL BLOG DE CUENCAVILA
bendecía a los animales y también unos panecillos redondos que daban y que deberían haberse comido los animales, ya que era su patrón, pero que naturalmente se los zampaban los amos.


Hoy día en el pueblo ya no se celebra San Antón, aunque como algunos sabéis, en Cuenca sí dan estos panecillos. y la gente de antaño, que solía ser
El reparto de panecillos tendrá lugar
después de la misa de las 11 horas.
Reyes Martínez LA TRIBUNA DE CUENCA.ES
supersticiosa, decían que si se guardaba todo el año un panecillo en la caja o hucha donde tuviéramos el dinero, al cabo del año veríamos aumentado lo que allí tuviéramos. Yo no creo en las supersticiones, pero os invito a experimentarlo, y más ahora que van a subir los impuestos una barbaridad....


Luego me contáis.

domingo, 8 de enero de 2017

Vuelta al mundo de los sonidos

Cuando una persona nace sin visión el sentido del que más información recibe es el oído. Nunca me importó ser ciega, pues a través de los sonidos me orientaba bastante bien y pude hacer una vida casi normal como cualquier persona sin limitaciones. Pero a mis 12 años todo cambió por completo a causa de algún medicamento que poco a poco fue minando mi nervio auditivo. Varios otorrinos diagnosticaron hipoacusia bilateral. Fue un golpe para toda mi familia y, evidentemente, para mí: tenía que dejar los estudios porque no oía a los profesores y en aquel entonces tampoco teníamos intérpretes ni profesionales dedicados a nosotros. Me era difícil integrarme en la sociedad por no poder seguir las conversaciones, en una palabra, me sentí aislada del mundo, hasta que en los años 80 alguien movió fichas en una partida que todavía hoy seguimos jugando e intentando ganar.

En la ONCE hicieron un censo de personas sordociegas, reuniéndonos un grupito reducido en Madrid para formar lo que hoy es ASOCIDE (asociación de
sordociegos españoles). Lo más gratificante fue comprobar que hay miles de personas en mi misma situación y que no por ello se han hundido. Hemos realizado convivencias, conferencias, donde entre todos hemos clamado por una sociedad más comprensiva y tolerante. La comunicación tanto entre nosotros como con el mundo exterior es la barrera más grande a la que nos enfrentamos porque dependiendo de muchos factores que van desde el momento en que adquirimos la sordoceguera hasta el grado de ésta, usamos distintos sistemas de comunicación. 

Así pues, s

e formaron profesores, guías intérpretes, mediadores, y a día de hoy aunque sabemos que queda muchísimo camino por andar, un camino lleno de estigmas, prejuicios pero también de sendas bonitas, lo cierto es que hemos avanzado mucho en recursos, educación y cultura. Mi hipoacusia y la necesidad de comunicación corrían parejas a lo largo de mi vida. Así, con entereza y dificultades he logrado acabar mis estudios primarios y adentrarme en el mundo de las tecnologías, lleno de grandes sorpresas y posibilidades para nosotros.


Con apoyo de la ONCE me introduje en la Informática y hoy puedo manejar un ordenador que, a través de una línea Braille y con el lector de pantalla llamado Jaws me permite acceder a la prensa, chatear por Skype, utilizar correo electrónico, etc.. Una vez diagnosticada mi hipoacusia, me vi cada vez más obligada a usar el tacto, tercer sentido más importante para las personas que no ven ni oyen. Mi mundo está en mis manos, en mis dedos.

Según pasaban los años, fui necesitando audífonos de mayor potencia, hasta el punto de que hace un año ya no percibía los sonidos agudos, había olvidado el canto de las aves que tanto me cautivó siempre, o el tictac de un reloj. ¿Qué iba a pasar dentro de 5 años más? ¿Acabaría sin oír absolutamente nada? Esto me aterraba, sin ver ni oír mi día y mi noche serían una misma cosa… En la consulta del doctor Denia Lafuente, me atienden desde hace unos 30 años con visitas anuales completas y un trato extraordinario. El doctor y su audioprotesista Nadia debieron pensar lo mismo que yo y desde hacía 4 años me sugerían el implante coclear. Yo había presenciado dos casos en que éste fracasó y no me seducía para nada la idea por más que me aseguraban que las tecnologías habían avanzado mucho desde aquellos años en que mis compañeros se implantaron. Les fui dando largas pero ellos no cejaron en su empeño.

Y en 2014, justo el día en que cumplí 51 años, ya no me perdonaron ni uno de mis argumentos en contra del implante. Casi me imponían hacérmelo, algo que me ponía tensa y sentía ganas de decirles que ya no volvería a su consulta. Pero en casa reflexionando veía que solo querían mi bien, pues a ellos nada les suponía mi negativa o mi disposición a la cirugía. Me sentí desconcertada, indecisa. Mi familia y amigos eran dispares en sus opiniones y esto aún me desorientaba más. El doctor Denia ya había colmado el límite de su paciencia, y sin más dilaciones me derivó al equipo de especialistas en implantes del hospital Ramón y Cajal. También dentro de este equipo las opiniones eran distintas: mientras unos me aconsejaban implantar el oído izquierdo por donde sí oía pero no entendía nada, otros se decantaban por el derecho, pues por él sí entendía y decían que el rendimiento sería mayor. Las pruebas a las que me sometieron me clasificaron como apta para el implante. El equipo médico me animaba a ello, mientras que Yo no lo tenía tan claro pero sabía que era el último recurso para no quedarme sorda completamente. Así, el último día de consulta antes de ir al quirófano, el doctor Polo me pidió tomar una decisión, y en caso afirmativo firmar el consentimiento para operarme. Llena de dudas y miedo, en un arranque de valor decidí dar el paso, y el 16 de Octubre del año pasado a las 7 de la mañana ingresé en la unidad de implantes cocleares de ese hospital acompañada por mi hermana presente en todo este reto, a la que horas después se unió también una de nuestras tías.

La habitación era individual y más parecía la de un hotel que la de una clínica, con todas las comodidades que se puedan pedir. Cuando toqué el trozo de cabellera que me habían rasurado para colocar el dispositivo, el pánico se debió reflejar en mi cara, provocando la carcajada de mi hermana y del peluquero; no podía imaginar ese trozo totalmente calvo y además en sitio tan visible…. A las 12 de aquella hermosa mañana, mientras yo permanecía bajo los efectos de la anestesia, los doctores Polo, Vaca, Molina, Pérez y la logopeda Auxi me devolvían la vuelta al mundo de los sonidos, las ganas de vivir, pero yo no lo comprobaría hasta un mes después cuando me conectaran el dispositivo externo al interno. Recibí el alta al día siguiente, a la semana, me quitaron todos los puntos y me dejaron el oído izquierdo –el implantado- incomunicado, lo pasé mal porque con mi audífono no alcanzaba apenas a entender a la gente pero no había otra que aguantar un mes hasta que pudieran conectarme el implante, ya que la parte interna se comunica con la externa por un imán.

El 11 de Noviembre fue el gran día: ni por casualidad esperaba nadie que desde el primer instante pudiera yo entender palabra; nos equivocamos. La primera palabra que mi implante captó fue el saludo de Auxi, al que yo respondí inmediatamente, Llenas de emoción las dos, ella corrió a llamar a mi hermana que esperaba en la sala. Seguramente tan nerviosa como nosotras. Su "Hola, son Mari Carmen" fue captado por mí nítidamente; aún hoy, mientras escribo este relato, corren lágrimas de gratitud y emoción hacia ella y el equipo médico que realizó este milagro. Al ver que las entendía, mi hermana y la logopeda no sabían dónde poner los ojos, aquella experiencia jamás la olvidaremos ninguna de las tres, supongo. Con los hombres lo pasé mal los primeros días, ya que sus voces las percibía afeminadas y en más de una ocasión creí que quien me hablaba era mujer.

LOGOPEDAS NO FALTARON

Además de la inconmensurable Auxi, logopeda del Hospital y que todavía hoy me atiende, no me faltaron voluntarios que me dedicaron muchas horas de su tiempo para practicar incluso por Skype. Amigos y familiares, han sido fundamentales en mi rehabilitación dedicando muchas horas de su tiempo a hablarme para practicar y desarrollar la audición, ¡cuántas gracias tengo que dar
a todos! Es imposible describir la ayuda recibida aun empleando todas las palabras de los diccionarios.

Hoy día, ya puedo entender prácticamente a toda la familia, conversar por teléfono y lo mejor es que oigo sonidos que hace medio año era impensable oírlos. Parecía tan difícil... y se hizo la luz, no la luz no. Era casi más íntimo, más dentro de mi piel y de mis venas. La oscuridad de mi oído dio paso a los sonidos, ¿acaso de esos grajos a los que tanto tiempo hace que añoro su canto?... Disfruto muchísimo al abrir mi ventana y escuchar de nuevo a los grillos, el tictac del reloj, la música que me gusta y que antaño escuchaba con dificultad… Por supuesto, sigo siendo hipo acústica, pero ahora, bromeando, digo que soy más atrayente. Porque nunca he sido agraciada pero tras el implante digo que lo soy: físicamente porque al llevar imanes atraigo más, y también por la curiosidad de ver el dispositivo y probar si los entiendo se me acerca mucha más gente que antes. Y moralmente, porque he sido agraciada con un  premio gordo: ¡la vuelta al mundo de los sonidos!

A partir de ahora, cuando se ha cumplido un año desde aquel inolvidable 16 de Octubre, mi mente solo se ve ocupada por un reto más: implantarme el oído derecho cuanto antes y con el mismo equipo. Es mi única ilusión, ¿la podré llevar a cabo?

jueves, 5 de enero de 2017

Homenaje a Luis Braille

Hoy día 4 de Enero es un día súper importante para los ciegos que todavía usamos el sistema Braille. Su inventor y padre nació tal día como hoy hace ya dos siglos. Quiero pues rendirle a Louis Braille mi más sincero tributo porque sin él, yo sería ahora mismo analfabeta a mis 53 años.

“La alfabetización Braille cambia mi estilo de vida”

Hasta mis nueve años, yo era totalmente analfabeta; asistía con los niños videntes a la escuela de mi pueblo, pero no tenía ni idea de lo que era leer o escribir, porque yo era ciega y no podía hacerlo como ellos.

Mis compañeros me leían las lecciones y yo las aprendía de memoria para luego recitárselas a la maestra, sin apenas saber qué era lo que realmente le decía.

Cuando se trataba de hacer un dictado, los otros niños podían hacerlo escribiendo en sus cuadernos y borrando los errores que pudieran tener. Yo, en cambio, me veía sujeta a un interrogatorio por parte de mi profesora para descubrirle oralmente las faltas de ortografía que, de haber podido escribir con mi puño y letra, hubiera cometido en dicho dictado, sin tener opción de rectificar nada, sin poder borrar ningún error, porque nada había escrito...

¡Eso no era ir a la escuela!, me aburría terriblemente mientras los demás escribían o dibujaban. Envidiaba poder hacerlo como ellos y algunas veces mi madre me daba una cartera en la que guardaba un lapicero, un sacapuntas, una goma de borrar que no me servía de nada porque no veía lo que borraba... y algunas hojas de papel.

Pero jamás fui capaz de hacer una letra, lo más que lograba era llenar esa hoja de garabatos y “rayujos”, como les llamaban mis compañeros a mis pobres escritos. Otras veces, le arrebataba a alguna niña su libro de lecturas y yo me inventaba cualquier cuento, que ya antes había oído a mi abuela o a alguna vecina, simulando leerlo en ese libro. ¡Pero no, no me sentía bien, aquello no podía durar mucho tiempo, porque yo no le veía gracia alguna!

Mi primer contacto con el sistema Braille me causó una tremenda confusión. Inesperadamente, un día mis padres me hicieron tocar con los dedos “un cartón que, por el anverso, estaba lleno de agujeros y, por el reverso, de una especie de granitos” o “pinchos!.

Lo que no recuerdo es cómo ni por qué cauce llegó a sus manos. Sólo me dijeron que “ese papel era lo que usaban los ciegos para leer”. Como no me había inscrito todavía en ningún centro especializado para ciegos y mis padres no me supieron decir qué significaba aquel cartón agujereado, a mí sólo se me ocurrió coger un alfiler de cabecilla y un papel grueso y pinchar y pinchar, tratando de hacer una réplica o simulacro de aquello. Pero no, eso no era igual que lo que me enseñaron mis padres en otro momento. Por más cuidado que ponía en ello, nunca lograba formar más letras que la A, las demás nunca tenían la misma forma que las del cartón.

Pasados unos meses, ya pude ir a un colegio de niñas ciegas de Valencia y allí fue donde me dijeron que aquél cartón con agujeritos y granos sería, desde ese momento, el alfabeto con las letras del sistema Braille, un alfabeto diseñado para nosotros, los ciegos, y por el que yo tendría acceso a la lectoescritura y, por lo tanto, a mi formación y cultura.

Aquella salida del analfabetismo me hizo comprender desde entonces que ya sería igual que el resto de niños con los que antes fui a la escuela, que ya podría escribir y leer como los videntes, solo que con otras técnicas y con otro sistema distinto al suyo. Ahora ya no me aburriría en la clase, porque ya tenía un método para escribir y leer las mismas lecciones que leían los demás niños. Me entusiasmó sobremanera este nuevo reto.

Primero con pauta y punzón (pizarra y lezna llamaban entonces los de mi pueblo a estos instrumentos), luego con máquina Perkins y ahora con ordenador, he ido dominando este sistema hasta llegar casi a la perfección. He sido instructora de Braille en la Agencia de la ONCE de Cuenca y posteriormente me dediqué, durante una corta temporada, a transcribir libros deteriorados y pasarlos a limpio para la entonces Biblioteca Central Braille de la Entidad en
Madrid.
            
Actualmente puedo decir que el sistema de lectoescritura Braille es lo básico, lo esencial en mi vida cotidiana, y que me acompaña las 24 horas del día. Sin el maravilloso invento de Louis Braille, yo no habría sido nada ni nadie en esta vida.

Puedo saber la hora en mi reloj, porque su esfera está marcada en Braille; la temperatura ambiente o de mi cuerpo con el termómetro, la del horno de la cocina... Tengo acceso al ordenador gracias a la línea Braille de mi Braillelite..., todos los instrumentos antes mencionados están marcados con el sistema Braille. También tengo libros de texto que me amenizan los muchos ratos de ocio y de soledad... Puedo hacer cálculos matemáticos con una caja de aritmética, que tiene una especie de fichas y éstas, a su vez, llevan por una cara los números de los videntes del 1 al 0 y los signos de cálculo matemático y, por la otra cara, llevan dichos números en sistema Braille.

Debido a mi dificultad para comunicarme con los demás en sitios ruidosos, he adquirido también unas placas con el alfabeto Braille y, así, puedo entenderme con cualquiera que sepa leer y escribir, cogiéndome el dedo índice y señalándome las letras del mensaje que quieren transmitirme y que mi oído no capta en ese momento. Las tarjetas para pedir ayuda en la vía pública están también señalizadas con este sistema, para que yo sepa en cada momento qué tipo de
ayuda puedo pedir levantando esa tarjeta a la altura de mi hombro. Puede ser ayuda para cruzar una calle, para que me acompañen a la parada de autobús más cercana, para preguntar dónde estoy ubicada en ese momento... Todas y cada una de las tarjetas incluyen el mensaje de petición en tinta y en Braille.


Mi baraja, mi parchís, las cartas del tarot me permiten jugar con los videntes con sólo tocar los números en Braille, cosa que ha causado admiración y a veces desconcierto entre los jugadores con visión perfecta, pues no se explicaban cómo, de vez en cuándo, podía hacerles alguna trampilla en el juego sin que se dieran cuenta.

Debo decir que, además de ser ciega, soy también sorda parcial y no me es posible manejar los aparatos mediante el sintetizador de voz, por lo que el sistema Braille es de todo punto mi única salida al mundo exterior y casi mi único contacto con la sociedad. Mi vida, pues, gira en torno a este sistema.

¡Bendito sea Louis Braille por habernos salvado a muchos del aislamiento total o parcial causado por unas limitaciones tan serias como la ceguera y la sordoceguera.


Fdo.: María Jesús Cañamares Muñoz.