Lucía y Alejandro, dos adolescentes soñadores e inquietos, vivían en un pequeño pueblo castellano-manchego. Ambos compartían la misma escuela y, aunque se conocían desde que nacieron, fue en su último año de instituto cuando el caprichoso destino los unió de una manera especial.
Lucía, de cabello rizado y ojos color miel, era una chica
muy creativa que siempre llevaba consigo un cuaderno donde plasmaba sus
pensamientos y emociones.
Alejandro, de pelo oscuro, tez morena y mirada profunda,
destacaba por su habilidad para tocar la guitarra y expresar sus sentimientos a
través de la música.
Un día de feria local, Lucía se encontró sentada en un
banco, dibujando en su cuaderno. Alejandro pasó cerca y notó la expresión concentrada en aquel rostro. Se acercó tímidamente y le preguntó sobre su arte. A partir de ese momento, las conversaciones entre ellos se volvieron una constante.Juntos descubrían que iban teniendo muchas cosas en común:
su pasión por la música, el amor a la naturaleza y la fascinación por las
estrellas. Cada noche, subían a un pequeño mirador en las afueras del pueblo y
pasaban horas contemplando el cielo nocturno mientras se contaban sueños y
anhelos.
A medida que el tiempo pasaba, Lucía y Alejandro se
sintieron cada vez más atraídos el uno hacia el otro. Sin embargo, también
surgían dudas y temores propios de la adolescencia. No querrían arriesgar su
amistad, pero tampoco podrían ignorar lo que sintieran. Los sentimientos se
tornaron en melodías que ambos interpretaron con sus instrumentos, como si la
música fuera el puente que conectaba esos dos corazones.
Mientras caminaban juntos por el parque, bajo un cielo
teñido de tonos cálidos por la puesta de sol, Alejandro tomó valor y confesó lo
que sentía por Lucía. La joven, con una mezcla de sorpresa y felicidad en sus
ojos, admitió que también había estado enamorada de él desde tiempo atrás.
Así comenzaba su hermosa historia de amor. Se volvieron
inseparables, compartiendo risas, confidencias y aventuras. Paseaban de la mano
por las calles del pueblo, se internaban en el bosque para descubrir nuevos
rincones, y juntos construían un mundo propio lleno de sueños y esperanzas
donde solo ellos tenían cabida.
Poco a poco, iban reduciendo su círculo de amistades porque las horas nunca bastaban para encontrarse a solas.
Sin embargo, como en casi todas las historias de amor
adolescente, también enfrentaban desafíos. Los miedos e inseguridades propios
de esa etapa amenazaron con separarlos. En momentos de duda, encontraban
consuelo en la música y en sus palabras compartidas. Aprendieron a apoyarse
mutuamente y a crecer juntos, fortaleciendo aquel amor día a día.
El verano llegó a su fin, y con él, la perspectiva de la
separación, ya que irían a distintas ciudades para continuar sus estudios
universitarios.
Los chicos sabían que el futuro era incierto, pero se
prometieron que su amor sería más fuerte que cualquier distancia.
Antes de partir, decidieron escribirse cartas, como si
fueran notas musicales que llegaran al corazón del otro. A través de palabras y
melodías, mantuvieron viva aquella relación apasionada, convirtiendo la
distancia en un desafío que fortaleció ese vínculo.
Pasaron años, y cada verano, Lucía y Alejandro se reencontraron en aquel pequeño pueblo que los vio crecer y enamorarse. Juntos siguieron visitando el mirador para contemplar las estrellas, grabando los momentos compartidos y planificando un futuro en familia.
Ninguno de ellos parecía dispuesto a intentar mantener otras
relaciones, algo que daba que hablar entre compañeros de Universidad y vecinos
del pueblo. Unos se burlaban de aquella entrega tan generosa, afirmando que no
era nada común en la actualidad. Los más discretos admiraban a aquellos
muchachos de tan férrea voluntad, comparándolos con Romeo y Julieta.
Lo cierto fue que aquella historia de amor de Lucía y
Alejandro se convirtió en una leyenda en el pueblo, inspirando a otros jóvenes
a vivir sus emociones sin miedo.
A ella le costó más terminar su licenciatura, añoraba a su
novio noche y día sin lograr apenas concentrarse en los estudios.
Alejandro trabajaba en todo aquello que el fin de semana le
ofreciera, procurando reunir dinero para escapar junto a ella alguna vez. Pero
cuando llegaba el momento de la separación forzosa, los dos se hundían en un
abismo del que cada vez les era más duro salir. El frío whatssap con sus
vídeollamadas solo aumentaba el deseo de la unión física; las redes sociales
donde los dos compartían fotografías o publicaciones les resultaban ya
aburridas y acrecentaban la pena de no poder revivir aquellos momentos.
Aquel último encuentro, sin embargo, en lugar de lágrimas de
aflicción les trajo torrentes de felicidad. En ambos currículums brillaba ya
una carrera profesional que les permitiría afrontar el futuro juntos como
siempre habían deseado. Pero además, el vientre de Lucía se iba engrosando más
y más. La semilla que plantaron tras una de sus escapadas, había dado su fruto,
y solo les quedaba recibir la cosecha dentro de dos meses. Ya sabían que a
partir de ahí, tendrían que dar biberones, cambiar pañales y pasar noches
enteras meciendo a su preciosa Esmeralda.
Y así, su amor perduró en el tiempo, trascendiendo las
barreras del espacio y la edad, demostrando que cuando dos almas se encuentran,
el universo conspira para que ese amor brille eternamente.
María Jesús Cañamares Muñoz